Conferencia de la Astronómica de Sabadell. Rafael Clemente y Albert Pla, 4 de marzo de 2026.
La idea de los planetarios modernos es relativamente reciente —solo hace poco más de un siglo que el público puede entrar en uno—, pero el interés por representar el cielo es muy antiguo. A lo largo de la historia, el cielo ha tenido un fuerte valor simbólico: en la cultura cristiana medieval y del Renacimiento temprano representaba la jerarquía divina y la gloria de Dios, una idea que se reflejaba en el arte y la cosmovisión de la época.
Esta fascinación también provenía de su inaccesibilidad: mientras los objetos terrestres se pueden tocar, el cielo siempre ha estado distante e inalcanzable, despertando imaginación y reflexión. Observar un cielo estrellado genera interpretaciones muy personales en cada individuo.
En los siglos XIV y XV, la visión de un universo ordenado y perfecto se trasladó a la tecnología. Los relojes monumentales de catedrales simbolizaban un cosmos armónico de movimientos regulares. En este contexto aparecieron los primeros planetarios mecánicos, que representaban los astros como prueba de la perfección de la creación. Inicialmente geocéntricos, con el tiempo se adaptaron al modelo heliocéntrico gracias a los avances científicos y a la mejora de los engranajes por parte de relojeros y artesanos. Así pasaron de ser símbolos a herramientas cada vez más precisas para comprender el cosmos.
En el siglo XVIII los mecanismos astronómicos ganaron mucha precisión gracias a inventores y artesanos que les dedicaron la vida. Este período coincidió con grandes avances en navegación (perfeccionamiento del sextante), astronomía y construcción de instrumentos científicos fiables, que también contribuyeron al desarrollo de la revolución industrial.
Uno de los planetarios mecánicos más impresionantes es el construido por Eise Eisinga en Frisia (Países Bajos) en el siglo XVIII (figura 1). Instalado en el techo de su casa, mostraba el movimiento de los planetas y datos astronómicos (hora, día, mes…) mediante un complejo sistema de engranajes de madera accionados por pesos y contrapesos. Los visitantes lo observaban desde el piso superior simplemente levantando la cabeza. Eisinga, como muchos creadores de estos dispositivos, no era científico profesional sino un artesano apasionado por la curiosidad y la precisión mecánica.
Figura 1. Planetario de Eise Eisinga
Estos planetarios mecánicos antiguos fueron un paso clave en la divulgación científica: eran instrumentos técnicos, pero también una manera visual y accesible de explicar el universo, idea que evolucionaría hasta los planetarios modernos inmersivos.
Más adelante aparecieron otras experiencias inmersivas: grandes globos celestes donde los visitantes entraban al interior para ver constelaciones pintadas alrededor (como el Globo de Gottorf de 1654, hoy en San Petersburgo) (figura 2). Algunos giraban para simular el movimiento estelar.
Figura 2. Globo de Gottorf (1654)
También se crearon estructuras similares, como el Mapparium de Boston (1935), una esfera de 9,1 m con un mapa del mundo en las paredes interiores, que generaba una percepción invertida similar a la de los globos celestes y se usaba para explicar conceptos astronómicos como las coordenadas celestes (figura 3).
Figura 3. Mapparium, Biblioteca Mary Baker Eddy, Boston - 9,1 m (1935)
Antes de los planetarios modernos también había dispositivos curiosos, como sillas giratorias que permitían observar el sistema solar heliocéntrico desde diferentes perspectivas a lo largo del año.
A principios del siglo XX esta evolución culminó con el primer planetario de proyección moderno, impulsado por el Deutsches Museum de Múnich y desarrollado por la empresa Zeiss. El proyecto, liderado por el ingeniero Walter Bauersfeld, sufrió una parada por la Primera Guerra Mundial. Inicialmente había dudas sobre su viabilidad y se consideró proyectar solo planetas, pero finalmente se optó por representar todo el cielo.
En 1923 se presentó el primer modelo funcional, probado en una cúpula de pruebas más grande que la del museo (figura 4). Era una obra de ingeniería extraordinaria: proyectores ópticos individuales de alta precisión proyectaban el cielo de los dos hemisferios y reproducían movimientos planetarios, precesión y fenómenos como la retrogradación (sobre todo de Marte), un efecto de perspectiva que había desconcertado a los astrónomos durante siglos. La colocación de cúpula y proyectores debía ser extremadamente precisa (errores de pocos centímetros).
El éxito fue inmediato: gran interés público, materiales promocionales (postales, sellos) y, solo un año después, una segunda versión con el diseño icónico de dos esferas proyectoras que definiría durante décadas la imagen clásica de los planetarios. Esta innovación revolucionó la divulgación de la astronomía, convirtiendo las cúpulas en espacios dedicados a observar y comprender el cosmos de manera inmersiva.
Con el paso del tiempo, los sistemas mecánicos y ópticos de los planetarios se perfeccionaron notablemente. Los proyectores representaban los planetas en diversas configuraciones, mientras que engranajes de alta precisión mantenían todos los movimientos sincronizados. A partir de los años cincuenta, los planetarios se expandieron por todo el mundo, instalándose en muchas ciudades y convirtiéndose en centros clave de divulgación científica.
En las últimas décadas, esta tecnología clásica ha convivido con los planetarios digitales, que ofrecen simulaciones mucho más flexibles y detalladas del universo.
Los planetarios mecánicos antiguos requerían mantenimiento constante: había que ajustarlos manualmente cada cuatro años por los años bisiestos para sincronizar calendario y movimientos celestes. La empresa Zeiss tenía equipos especializados que viajaban para repararlos, pero estos equipos desaparecieron con el tiempo, dejando muchos proyectores antiguos sin soporte técnico oficial. Hoy, una avería a menudo solo se puede resolver con relojeros o técnicos especializados en engranajes complejos.
Los sistemas incluían “jaulas” que sostenían los proyectores planetarios y debían estar perfectamente sincronizadas, reflejando el extraordinario nivel de ingeniería y precisión de estos dispositivos (figura 4).
Figura 4. Las “jaulas” de los sistemas mecánicos de planetarios
Con los años surgieron nuevos modelos e instalaciones. Algunos planetarios, como el de Milán, conservan aún gran parte de la estructura original —con detalles curiosos como sillas giratorias para cambiar el punto de vista dentro de la cúpula—, sustituyendo solo los proyectores principales.
Otras empresas entraron al mercado, como Spitz (figura 5) o Goto, aunque Zeiss dominó durante décadas con un cuasi monopolio. Su tecnología se convirtió en estándar, permitiendo compartir programas y materiales entre instalaciones y facilitando la expansión global. Con los digitales, esta compatibilidad ha disminuido.
Figura 5. Planetario Spitz A (1947)
Un ejemplo clásico es el ZKP1 instalado en la Escuela Náutica de Barcelona (figura 6), destinado a la formación de estudiantes y no abierto al público. Todos los ajustes se hacían manualmente con palancas, a diferencia de los controles digitales actuales. Incorporaban soluciones ingeniosas, como piezas móviles por gravedad que simulaban el horizonte tapando partes de la proyección, y el público oía el ruido mecánico de los engranajes en funcionamiento.
Figura 6. Planetario de la escuela náutica de Barcelona
La popularidad creció mucho en la segunda mitad del siglo XX, impulsada por el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial hasta la llegada a la Luna. Muchas ciudades e instituciones instalaron su primer planetario. También se usaron en escuelas náuticas para enseñar astronomía aplicada a la navegación, especialmente en países con tradición marítima como Italia, donde predominaban los Zeiss.
Goto (Japón) comenzó comprando modelos alemanes para estudiarlos y después fabricó los suyos propios de alta calidad. Más tarde, Minolta entró con sistemas híbridos que combinaban optomecánica tradicional y nuevas proyecciones. La calidad de las lentes —a menudo apocromáticas— era esencial para evitar aberraciones y conseguir imágenes nítidas, fruto de décadas de desarrollo óptico.
Aparecieron modelos más simples con una sola esfera central para estrellas, a menudo combinados con vídeo para multiproyección. A pesar de la tecnología digital, muchos planetarios mantienen sistemas optomecánicos para representar el cielo estrellado, ya que ofrecen una calidad visual difícil de igualar.
Esto es especialmente apreciado en Japón, donde la contaminación lumínica impide ver el cielo real y los optomecánicos transmiten un realismo e impacto emocional superior. Innovaciones como el Megastar proyectan hasta un millón de estrellas, recreando la Vía Láctea con gran detalle, y han tenido éxito en planetarios, espectáculos y eventos.
En España, el Museo de la Ciencia de Barcelona (actual CosmoCaixa) fue pionero en divulgación astronómica, renovándose con el tiempo e incorporando formatos inflables o pequeños para educación infantil y juvenil.
Desde los años ochenta llegó la transformación digital. Un ejemplo destacado es Evans & Sutherland (Digistar) (figura 7), que aplicó tecnología de simuladores de vuelo militar a proyecciones planetarias. Los digitales utilizan proyectores de vídeo con objetivo ojo de pez (180°), generando imágenes por ordenador y calibrando distorsiones para una cobertura perfecta de la cúpula.
Figura 7. Digistar - Evans & Sutherland (1938-2021)
Esta flexibilidad permite cambiar localización, fecha, hora o condiciones lumínicas (como cielo contaminado). Inicialmente solo proyectaban astros mientras las estrellas eran mecánicas; después evolucionaron a representaciones completas y a híbridos que combinan precisión óptica clásica con versatilidad digital (navegación astronómica, triángulo náutico, posiciones locales exactas…).
Los digitales modernos integran catálogos como Gaia para actualizar millones de estrellas automáticamente, muestran movimientos estelares, colisiones galácticas o la evolución de la Vía Láctea. Permiten experiencias adaptadas: simulaciones solares para niños en Suiza, ajustes de colores, líneas de constelaciones o luminosidad para fomentar imaginación y comprensión.
Incluyen multisincronización para animaciones, contenidos interactivos y realidad simulada. Han evolucionado hacia formatos teatrales con gradas centrales, ideales para fulldome shows y narraciones inmersivas, a diferencia de la cúpula clásica que envuelve al visitante.
Los digitales se han extendido globalmente. Bases de datos registran unos 3.000 planetarios portátiles/móviles, pero el número real puede ser el doble por falta de inscripción formal. Empresas como la Fábrica de Gèna han convertido cúpulas calibradas en espectáculos públicos con colas y expectación.
La arquitectura juega un papel clave: proyectos como Greenwich (náutica), Vancouver, Nueva York o la esfera de Las Vegas combinan ciencia, estética e impacto visual externo. Algunos gigantes como Shanghái (cúpula 37 m, 60.000 m²) o San Petersburgo (LED puros sin proyectores centrales) priorizan inmersión cinematográfica.
Los modernos varían mucho: desde atracciones con sillas colgantes o la esfera de Las Vegas hasta el hemisférico de Valencia (más cine que planetario científico). Japón destaca por su cultura planetaria arraigada, mientras que grandes instalaciones muestran la escala posible.
También hay modelos pequeños y portátiles como el Goto X3 (cámara oscura con transparencias para estrellas, planetas, ecuador y eclíptica), económicos pero frágiles, que difundieron la astronomía en escuelas con pocos recursos (figura 8).
Figura 8. Goto mini planetario ex-3 (1973)
Los inflables, como los de Starlab (EE.UU.), permiten instalación rápida y transporte fácil (avión/barco), con presión diferencial para mantener la forma y accesibilidad (sillas de ruedas). En EE.UU., un programa gubernamental intentó poner uno por escuela, pero muchos quedaron abandonados por falta de personal formado.
En resumen, el panorama actual combina optomecánica clásica, digital y diseño arquitectónico espectacular, adaptándose a divulgación científica, educación y espectáculos inmersivos, con Japón como referente cultural y proyectos gigantes que ejemplifican la evolución tecnológica y visual de los planetarios.
En Cataluña, la fabricación de cúpulas y “pétalos” portátiles de alta calidad ha recibido reconocimiento internacional gracias a profesionales como Quim Guixà (del Vallès), autor de muchos de los mejores planetarios globales. Sus estructuras inflables se han utilizado incluso en eventos como los Juegos Olímpicos durante la pandemia, demostrando versatilidad y robustez.
A diferencia de los planetarios rígidos o mecánicos (como los de Gambato en Italia), que requieren montaje complejo y transporte complicado (por ejemplo, desmontarlos para llevarlos a lugares remotos como Cerro Amazonas en Australia), los inflables y portátiles son prácticos, ligeros y fáciles de instalar. También existen modelos simples con cámara oscura: una esfera perforada con luz central que reproduce estrellas y constelaciones, mucho más simple que los sistemas optomecánicos o digitales sofisticados.
En resumen, la evolución de los planetarios ha pasado de sistemas mecánicos y optomecánicos de gran precisión a soluciones portátiles y digitales que permiten experiencias inmersivas en entornos educativos y divulgativos, adaptándose tanto a la astronomía clásica como al espectáculo y la divulgación científica global.
La evolución de los planetarios portátiles y de pequeño formato combina pasión por la astronomía con innovación técnica y didáctica. Starlab desarrolló modelos perforados tradicionales con luz puntual para reproducir constelaciones de manera simple y efectiva. Posteriormente se adaptaron sistemas con clichés fotográficos y luces puntuales que incorporaban color, superando las limitaciones de los primeros modelos en blanco y negro.
Esta técnica permite controlar la magnitud aparente de las estrellas (ajustando tamaño y brillo según la percepción visual) y crear proyectos especiales para estrellas como Sirio con intensidad diferenciada. Con capas de grises y colores de impresión M y K se pueden representar hasta 8.000 estrellas, superando con creces lo que se ve a simple vista y consiguiendo un cielo realista en entorno controlado.
También destacan modelos transportables y familiares como el pequeño Goto, con cúpula sostenida por varillas, diseñado para sesiones de 10-12 personas. Ofrecen gran valor pedagógico: crean un ambiente cercano e interactivo, facilitando la explicación de constelaciones y fenómenos sin la distancia de los grandes planetarios (200+ plazas). La combinación de innovación técnica e interacción directa demuestra que la divulgación no necesita grandes instalaciones para ser efectiva e inmersiva.
Los planetarios han pasado de cúpulas fijas para público masivo a sistemas flexibles y transportables para grupos reducidos. Starlab, creados en los años 60 al norte de Washington para llevar la astronomía a escuelas aisladas por la nieve, eran inflables y transportables en coche, marcando el inicio de los modelos portátiles actuales con sesiones muy personales.
Más recientemente han surgido versiones pequeñas que combinan proyectores digitales y software potente en cúpulas de solo 6 m de diámetro, pesando unos 10 kg y montables en museos o incluso en el metro. Con proyectores como el Optoma de 5.500 lúmenes, garantizan proyección intensa a pesar del tamaño reducido. La limitación principal es el offset de los proyectores económicos, que requiere inclinar y ajustar la estructura, pero esto los hace asequibles y exitosos en entornos pequeños (cafeterías, actividades deportivas…).
También se han desarrollado modelos de tela con presión controlada: utilizan vacío parcial (succión) entre capas para mantener la forma sin aire comprimido. Algunos funcionan con solo 70 pascales (equivalente a la diferencia de presión entre pisos de un edificio), permitiendo cúpulas de 7 m que pesan 120 kg (vs. 2.500 kg en aluminio). Esto facilita transporte y montaje en espacios limitados o temporales.
Estos modelos son adaptativos: se pueden inclinar o ajustar manualmente según el espacio o el orador (por ejemplo, uno de 8 m del Museo Marítimo se adaptó para exposiciones en Suiza). Permiten a museos y escuelas ofrecer experiencias inmersivas sin inversiones en estructuras rígidas, manteniendo calidad e interacción cercana.
Las innovaciones muestran el paso de una mecánica compleja y fija a soluciones portátiles, económicas y modulares que combinan software, proyectores digitales y materiales ligeros para experiencias adaptadas a cualquier entorno.
El relato culmina con la visión de la interacción entre tecnología y educación astronómica: los planetarios digitales se pueden instalar en interiores o exteriores con estructuras de barras inflables y motores de presión, llegando a cúpulas de 29 m sin construcciones caras. Los espectadores disfrutan cómodamente en asientos inflables de una experiencia inmersiva, aunque sea temporal o móvil.
El éxito no depende solo de la tecnología, sino del factor humano: un buen operador o conferenciante que explique, guíe y estimule la curiosidad (sobre todo de los niños), generando preguntas y participación activa. La transversalidad educativa —combinar astronomía con humanidades, filosofía y cosmovisión— convierte la experiencia en herramienta para el pensamiento crítico, la reflexión y el aprendizaje multidisciplinar, más allá de proyectar estrellas.
La clave es combinar tecnología innovadora con una presentación didáctica bien pensada para crear planetarios que impresionen, eduquen e inspiren.
El fragmento final sintetiza la dimensión poética, educativa y cultural con las “12 miradas al cielo” (figura 9):
Figura 9. Las 12 miradas al cielo
Estas son las doce miradas:
- Imaginaria: mitología y tradiciones culturales (leyendas de constelaciones).
- Calculadora: matemática y astronomía fundamental (geometría celeste).
- Próxima: sistema solar y proximidades (planetas y lunas).
- Radiante: Sol y Luna como luminarias que condicionan vida y tiempo.
- Esperanza: navegación antigua y orientación.
- Múltiple: control y descomposición de la luz.
- Penetrante: cosmología (origen y fin del universo).
- Expectante: vida extraterrestre y curiosidad humana.
- Crítica: satélites e impacto orbital.
- Artificial: tecnología de reproducción (proyecciones digitales, LED).
- Excepcional: cielo como paisaje natural contemplativo.
- Filosófica: cosmovisiones y lugar del ser humano en el universo.
La astronomía se ha democratizado: acceso abierto a datos y observación, sin depender de instituciones o élites. Genera conexión entre ciencia, cultura y educación, con curiosidad y participación activa como claves, especialmente en formatos familiares y escolares.
Hay un comentario crítico pero optimista: la información es abundante y accesible, pero hace falta rigor para evitar desinformación de las redes. La astronomía es técnica, educativa, cultural y social, combinando tecnología avanzada con experiencia humana y poética.
Los planetarios generan interacción: las preguntas y curiosidades del público orientan la enseñanza, haciendo la experiencia dinámica y adaptada (escolares, familias, investigadores). El diálogo, la observación directa y la experiencia práctica son motores para comprender mejor el cielo y la ciencia.
El autor concluye con una nota personal: después de más de tres décadas trabajando con planetarios, valora la satisfacción de compartir conocimiento en conferencias y actividades, agradecido por la confianza y colaboración de compañeros como Rafael.
En conjunto, los planetarios son espacios híbridos de ciencia, cultura, arte y educación que despiertan curiosidad, reflexión e interacción entre expertos y público.
Coloquio
¿Puede haber planetarios dentro de una cúpula de telescopio?
Sí, pero es complicado. Hace falta una cúpula preparada (blanco crudo sin reflejos), algunas adaptaciones específicas y consideración del telescopio centrado. Algunos proyectos en Italia lo han hecho para sesiones pequeñas, pero requiere planificación.
¿Cuál es la utilidad de los planetarios pequeños?
Sí, sobre todo para escuelas y familias: ofrecen interacción cercana y personalizada. Los grandes gestionan grupos heterogéneos con más dificultad. La tecnología no sustituye una buena narrativa; recursos simples pueden ser memorables. Los grandes evolucionarán a inmersivos LED de alta resolución, pero la calidad estelar clásica no se igualará del todo hasta 2040.
¿Cuál es la calidad de los modelos digitales vs. los clásicos AIS?
Los clásicos aún no llegan al nivel de los AIS clásicos o Goto. Actualmente tienen entre 4 K y 8 K. Algunos modelos nuevos (Kronos, Aluniversarium) podrían alcanzar equivalente a 64K hacia 2040. Continúan mejorando y ganan en funcionalidades digitales.
¿Cuál es el futuro de la divulgación en los planetarios?
El futuro de la divulgación en los planetarios no depende únicamente de la tecnología —aunque los sistemas LED serán clave para lograr una inmersión total y una mayor resolución en las grandes instalaciones—, sino principalmente de la comunicación y la narrativa. Las sesiones interactivas y cercanas al público serán esenciales; la calidad de la relación con la audiencia y la capacidad del conferenciante para transmitir y conectar marcarán la verdadera diferencia.
Entre los retos destacan el agotamiento del personal en los grandes centros y la necesidad constante de adaptación pedagógica. Estos desafíos son similares en toda Europa, incluida España, impulsados por la digitalización y la globalización del sector.
Los planetarios pequeños continuarán funcionando con proyectores tradicionales hasta que la tecnología digital se imponga de forma generalizada.
En definitiva, el futuro radica en combinar de manera armónica tecnología avanzada, una comunicación efectiva y una narrativa inmersiva, convirtiendo el planetario en un espacio vivo, dinámico y fascinante de aprendizaje y descubrimiento.