ASTRONÓMICA

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Conferencia de la Astronómica de Sabadell. Francesc Lozano, 11 de junio de 2025.

El Antropoceno es un concepto relativamente reciente y muy debatido. Para entenderlo, conviene recordar que la era Cuaternaria se divide tradicionalmente en Pleistoceno y Holoceno. El Pleistoceno abarca aproximadamente dos millones de años y coincide, en parte, con lo que conocemos como Paleolítico, aunque también incluye épocas anteriores y la existencia de otras especies humanas, incluyendo las primeras manifestaciones del Homo sapiens. Por otro lado, el Holoceno comenzó hace unos 11.700 años, tras la última glaciación. Este periodo corresponde al desarrollo del Neolítico y a la historia más reciente de nuestra especie. Sin embargo, hoy en día se discute la posibilidad de que el Holoceno haya llegado a su fin, dando paso a una nueva época: el Antropoceno.

El Antropoceno se plantea como la era geológica más reciente, caracterizada por el profundo impacto de la actividad humana sobre el planeta. El problema principal es que no existe un consenso universal sobre su definición ni sobre su fecha de inicio. Muchos expertos sitúan el comienzo del Antropoceno en torno a 1950, época conocida como la Gran Aceleración, debido al crecimiento exponencial de diversos indicadores socioeconómicos y medioambientales. Otros proponen fechas anteriores, como 1800, con el inicio de la Revolución Industrial. No obstante, 1950 es actualmente el punto de referencia más aceptado.

A diferencia de épocas anteriores, el Antropoceno se define por el hecho de que el ser humano se ha convertido en el principal agente de transformación del planeta. En apenas unas décadas, hemos provocado cambios de una magnitud y velocidad sin precedentes, tanto en el medio ambiente como en la estructura social y económica del mundo.

Algunos de los problemas asociados con este periodo son:

  • Pérdida masiva de biodiversidad
  • Cambio climático
  • Escasez de recursos no renovables
  • Acumulación de residuos
  • Crecimiento desmesurado de la población y la urbanización
  • Explotación intensiva del agua, la tierra y los océanos

Los defensores del Antropoceno sostienen que desde 1950 se observa una clara aceleración en múltiples parámetros: temperatura global, consumo de energía, urbanización, emisiones de gases de efecto invernadero, entre otros.

En el ámbito científico, no basta con una idea sugerente: se requieren pruebas concretas. Por ello, uno de los estudios más relevantes en apoyo al concepto del Antropoceno se ha centrado en el lago Crawford (Crawford Lake), en Ontario, Canadá. Este lago presenta una secuencia de sedimentos bien conservada que refleja de forma detallada los cambios ocurridos en el planeta durante el último siglo.

Los investigadores han encontrado en estos sedimentos indicadores claros del impacto humano: partículas radiactivas de pruebas nucleares, microplásticos, cambios en los niveles de carbono y otros contaminantes. Gracias a su aislamiento relativo, estos registros permiten establecer con claridad una cronología que respalda la existencia de esta nueva era.

En mi opinión —y recalco que es solo una opinión personal—, el Antropoceno puede considerarse un fallo adaptativo de la especie humana. Desde una perspectiva evolutiva, parece que no estamos actuando con la inteligencia necesaria para garantizar nuestra supervivencia a largo plazo. Este periodo está marcado por decisiones que, más que favorecer la adaptación, parecen comprometerla. Algunos podrían decir que así es la evolución: si una especie no sobrevive, es simplemente parte del proceso natural. Sin embargo, como miembros de esa especie, muchos de nosotros aspiramos a evitar ese desenlace.

El Antropoceno es, ante todo, una llamada de atención. Si bien no está oficialmente reconocido por todas las instancias científicas, la evidencia acumulada nos obliga a reflexionar sobre el rumbo que llevamos como especie. El planeta está cambiando, y somos nosotros quienes lo estamos transformando a un ritmo vertiginoso. El reconocimiento del Antropoceno, más allá del debate académico, debería invitarnos a una acción urgente y colectiva para replantear nuestra relación con la Tierra.

A partir de 1950, los investigadores han comenzado a detectar una acumulación creciente de diversos elementos, especialmente químicos, en los sedimentos geológicos. Estos elementos, junto con ciertos factores físicos, muestran con claridad los efectos de lo que se ha denominado "la gran aceleración", una transformación sin precedentes del planeta.

Por ejemplo, los autores del artículo que defiende la existencia del Antropoceno —entre ellos McCarthy y colaboradores en 2023— señalan que, a partir de ese momento, se observa un aumento progresivo de plutonio en los sedimentos del lago Crawford. Esto se relaciona directamente con los ensayos nucleares iniciados el 16 de julio de 1945 en Los Álamos, y posteriormente con las bombas atómicas y los experimentos realizados por la URSS, entre otros.

También mencionan el incremento constante de dióxido de carbono, claramente reflejado en los estratos sedimentarios. Según estos autores, este fenómeno demuestra la existencia de una nueva etapa geológica en la que los seres humanos nos hemos convertido en la principal fuerza de transformación del planeta.

Este grupo de científicos, de origen anglocanadiense, se organiza bajo el nombre de AWG (Anthropocene Working Group). Aunque la comunidad científica sigue debatiendo la validez formal del concepto "Antropoceno", lo cierto es que los datos que presentan son cada vez más contundentes.

Por ejemplo, este gráfico tan vistoso (figura 1), lleno de colores, representa en realidad algo preocupante: los signos vitales de nuestro planeta.

figura1 500Figura 1. Signos vitales de nuestro planeta

Desde el Stockholm Resilience Centre de la Universidad de Estocolmo, se han estudiado durante años diversos parámetros que permiten evaluar el estado de salud del planeta. En su modelo original identificaron nueve indicadores clave, aunque con el tiempo han ido añadiendo más. Se trata de un enfoque similar al que se aplicaría en una consulta médica: se mide la presión arterial, la temperatura, el pulso… aquí medimos la presión ambiental. Entre estos indicadores están:

  • Integridad de la biosfera (biosphere integrity)
  • Cambios en el uso del suelo (land-system change)
  • Disponibilidad de agua dulce (freshwater change)
  • Ciclos biogeoquímicos (biogeochemical flows)
  • Acidificación de los océanos (ocean acidification)
  • Presencia de aerosoles en la atmósfera
  • Reducción del ozono estratosférico
  • Cambio climático (climate change)
  • Entidades nuevas (novel entities), como sustancias químicas creadas por el ser humano (por ejemplo, productos tóxicos derivados del plástico)

Según estos investigadores, actualmente solo tres de estos nueve parámetros se mantienen dentro de lo que denominan "espacio operativo seguro": el ozono estratosférico, los aerosoles atmosféricos y la acidificación de los océanos. Es decir, estos tres aún no muestran alteraciones críticas. Sin embargo, los otros seis presentan niveles preocupantes. Cuanto más oscuro el color en el gráfico, mayor el riesgo. Y ese oscurecimiento ha ido en aumento en los informes de 2009, 2015 y 2023. Todo esto refuerza la idea de que estamos ante una crisis sistémica.

Como recordatorio histórico, muchos habréis oído hablar de la hipótesis Gaia, propuesta por James Lovelock. Según esta hipótesis, la Tierra se comporta como un organismo vivo en su conjunto. No solo está habitada por seres vivos, sino que también hay una interdependencia entre los sistemas vivos y los abióticos (como el aire, el agua o el suelo). Lovelock advertía que, como todo organismo, la Tierra también podría enfermar, o incluso morir. Y, aunque a menudo decimos que “vamos a destruir el planeta”, en realidad el verdadero riesgo es que nos estamos destruyendo a nosotros mismos. El planeta continuará —quizá con menos especies, tal vez con más bacterias que humanos—, pero seguirá existiendo.

Siguiendo con mi aprecio por Francia (aunque también soy crítico cuando hace falta), cada año el diario Le Monde publica en enero un especial titulado L’état du monde (“El estado del mundo”). Es un informe extensísimo que analiza el planeta desde todos los ángulos: medio ambiente, conflictos, geopolítica, recursos, economía, etc. Muy recomendable.

Además, existe otra publicación muy valiosa: "40 mapas para comprender un mundo fracturado", que también ofrece una visión global del estado del planeta, pero a través de mapas detallados. El último volumen, correspondiente a 2023-2024, es igualmente impactante. Desde Sudán del Sur hasta los océanos, cada tema está documentado con claridad visual y datos precisos.

Aunque el cambio climático es sin duda uno de los grandes desafíos actuales, los expertos coinciden en que la pérdida de biodiversidad es aún más grave. Cada especie que desaparece debilita el entramado vital del planeta. Perdemos equilibrio, perdemos estabilidad… y, con ello, también disminuyen nuestras propias posibilidades de supervivencia. De momento esto aguanta, pero… ¿hasta cuándo? Ese es uno de los peores problemas que tenemos hoy en día. Bueno, no el peor, porque está también el cambio climático. Pero claro, desaparece una especie... Calculan los científicos que desaparece una especie cada 20 minutos.

O sea, si estamos aquí en esta sala una hora , habrán desaparecido cinco especies en ese rato, solo de las que conocemos. Porque se estima que entre ocho y nueve especies desaparecen por cada una conocida. Es decir, muchas nunca las conoceremos. Os muestro el libro de Richard Leakey, La sexta extinción (figura 2), donde habla precisamente de la pérdida de biodiversidad.

figura2Figura 2. La sexta extinción

El cambio climático nos impacta más, porque lo sentimos más cerca. Y es importante, claro que sí, no lo vamos a negar. Pero la pérdida de biodiversidad es quizás aún más preocupante.

Ahora vamos a ver un vídeo de Naciones Unidas. Me parece un vídeo muy bien hecho porque impacta, porque remueve. Trata sobre el cambio climático y sobre cómo reaccionamos los humanos ante este problema.

[el conferenciante muestra el vídeo]

Vamos a ponerle un poco de humor al asunto: el hecho de que las medusas hayan sobrevivido 650 millones de años sin cerebro… da esperanza a la humanidad. ¡Todavía hay esperanza!
No hace falta mucho más. Yo siempre me he permitido llamar al ser humano "Homo estupidus", no Homo sapiens. No se lo merece. Por ejemplo, en la conferencia de los océanos que se está celebrando en Niza, una de las primeras cosas que han dicho —además de la acidificación, que ya la sabíamos— es que se está perdiendo transparencia en los océanos. Es decir, la luz cada vez penetra menos. La zona de fotosíntesis es más pequeña, por tanto, se produce menos alimento primario, que depende del fitoplancton, de las microalgas. Y eso afecta a toda la cadena trófica.

Ya sabéis que Yakarta prácticamente no existe. El 70 % está bajo el océano, y el otro 30 % se está hundiendo. La capital de Indonesia ya la han trasladado a Borneo. Todo por el aumento del nivel del mar. Pero parece que no tenemos solución. En Yakarta, ahora hacen snorkel para visitar las casas hundidas. Si fuera denuncia, vale. Pero es turismo. Yakarta ya solo existe como atracción turística sumergida.

Mi amigo Einstein, que es mi genio favorito, decía esa frase tan bonita: "Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana... aunque del universo no estoy tan seguro." Y me encanta también el humorista Forges, quien hizo un dibujo sobre la evolución (figura 3).

figura3Figura 3. La evolución según Forges

Creo que el problema de fondo es la naturaleza humana. Esto va más como ensayo que como afirmación absoluta, pero creo que la naturaleza humana es un producto de la evolución biológica. Somos simplemente una especie más surgida de la evolución, como cualquier otra. Y como todas las especies, tenemos una vida limitada. Los dinosaurios estuvieron aquí 165 millones de años, y de golpe desaparecieron. Nosotros llevamos solo 10.000 años… y ya vamos de sobrados. Es tremendo.

Mirad el esquema de la evolución humana (figura 4). Todas las especies han desaparecido. Solo queda el Homo sapiens. Somos los últimos, los únicos. ¿Eso nos hace especiales? Puede… pero solo porque lo decimos nosotros. Pruebas objetivas no hay. Somos una especie más. Con una capacidad cognitiva mayor, sí, pero muy frágiles. Sensibles al calor, al frío, a los cambios de presión.

figura4 500Figura 4. Esquema de la evolución humana

Y cuando hablo de nuestra "estupidez", me refiero también a nuestra ignorancia, a nuestra incapacidad para reaccionar ante los problemas que nosotros mismos hemos creado.

Carl Sagan decía que el cerebro humano es como la Tercera Avenida de Nueva York:
Al principio se iba a pie, luego a caballo, luego en carreta, luego vino el tren, luego el bus… y todos esos modos siguen ahí. Pues eso es nuestro cerebro: una mezcla caótica de sistemas antiguos y modernos, conviviendo todos al mismo tiempo. Tenemos reacciones primitivas, emociones de mamífero y una corteza cerebral compleja… pero no nos hemos actualizado. Y termino con una frase de Darwin: "No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio." ¿Fuertes? No, nada. ¿Inteligentes? Sí, eso nos lo creemos, ¿eh? Pero… ¿lo somos realmente? ¿Quizá la más inteligente de todas las especies que existen? no lo sé.

Nuestra especie, sin embargo, ha tenido algo diferente “en positivo”: hemos formado sociedades. Si el ser humano no se transforma en un ser social, no sobrevive. Somos un desastre enfrentándonos al frío, a la falta de alimentos, a las amenazas. La adaptación social nos ha proporcionado grandes ventajas… pero también desajustes importantes. Nos hicimos sociales y eso nos ha permitido existir durante unos 10.000 años como especie. Pero cuidado: otras especies del género Homo también eran sociales, también vivieron su tiempo… y hoy ya no están.

Ser sociales nos permitió sobrevivir, pero también implicó renuncias. La presión selectiva favoreció siempre la vida en grupo, para ganar eficiencia en la obtención de recursos. Pero eso ha implicado sacrificios. Parte del cerebro social —el que nos permite vivir en sociedad— está íntimamente ligado al cerebro emocional. Y el cerebro emocional… bueno, ya lo sabéis: hoy es ansiedad, mañana tristeza, pasado euforia. No es precisamente estable. Montar una sociedad apoyada en el cerebro emocional… no parece la mejor idea. Pero ha funcionado. Hasta ahora. Aunque nos ha dado muchísima inestabilidad.

Otra cosa: la racionalidad, muchas veces, se pone al servicio de lo social. A veces hay que sacrificar la lógica para mantener las ataduras sociales. La mentira, por ejemplo, es una convención social. Esto lo dice un psicólogo social, no yo. Si hubiéramos cumplido el “no mentirás” al pie de la letra (quinto mandamiento), ya estaríamos extinguidos. Mentir, en determinadas circunstancias, mantiene el grupo.

Y no solo desaparecen especies, también desaparecen culturas. Aunque la especie permanezca. La cultura también es una forma de adaptación. Algunos antropólogos la consideran más que eso, pero casi todos coinciden en que la parte adaptativa es inseparable. Por ejemplo, a los mayas no los exterminamos nosotros. Entre los años 800 y 900, antes de la llegada de los españoles, los mayas ya habían colapsado. Aunque tenían una tecnología avanzada y un sistema económico progresista, el grupo político que los dirigía no supo gestionar ese sistema. Comenzaron a talar selvas, disminuyó la pluviosidad, escaseó el agua, la agricultura se vino abajo… y la cultura se extinguió.

Las culturas desaparecen. Muchas. Y casi siempre por culpa de la estupidez humana. No por falta de recursos. Si los recursos faltaron, es porque hicimos algo para que faltaran. Entonces la gran pregunta es: ¿Tiene el ser humano las cualidades necesarias para adaptarse a los nuevos entornos que él mismo ha creado y, además, consolidar un medio ambiente que le sea habitable? ¿Vamos a poder sobrevivir… o no? Si no, tranquilos, el planeta seguirá. Cambiado, pero seguirá. No vamos a acabar con el mundo, vamos a acabar con nuestro mundo. Y con muchas especies que lo comparten con nosotros.

¿Qué se puede hacer? Muchas cosas, claro. No las voy a descubrir yo ahora, todo el mundo las conoce. Pero veamos algunas ideas, a modo de ensayo.

En Estados existe una asociación llamada Voluntary Human Extinction Movement. Su propuesta: que la humanidad se extinga voluntariamente. Es decir, no tener hijos, morir de forma natural, y dejar el planeta en paz.

Sin llegar a extremos, podríamos pensar en otras vías. Más cercanas a la sensibilidad europea, por decirlo de algún modo. Porque quizá el concepto clásico de desarrollo sostenible ya no sirve. Tal vez no lo estamos aplicando bien. O quizá necesitamos una visión más integral. Nos hemos centrado en la tecnología y la economía. Son necesarias, sí, pero no son suficientes. No están resolviendo el problema.

Aquí entra una de las ideas más complejas: según los antropólogos materialistas culturales —como Marvin Harris—, la cultura está determinada por las necesidades materiales de la sociedad. Y detrás de toda práctica social (producción, política, religión…), hay una mentalidad que la justifica. Es decir: no basta con cambiar las tecnologías o las leyes. Hay que cambiar la mentalidad. De ahí que en muchos modelos para abordar la crisis humana se hable de:

  • Environmental change (cambio ambiental)
  • Mindset shift (cambio de mentalidad)
  • Behavioral transformation (transformación del comportamiento)

Todo empieza en la mente. Si no cambiamos la forma de pensar, no cambiaremos cómo actuamos. Y si no cambiamos cómo actuamos, no sobreviviremos.

Ya sabéis de qué va el desarrollo sostenible: implica acciones ecológicas, económicas y sociales. Plantea que debemos crear un sistema económico viable para el medio ambiente, un sistema social que sea soportable por el entorno, y un sistema económico equitativo en lo social. Si esas interacciones son viables, soportables y equitativas, entonces tendremos un mundo sostenible.

Esa es la idea… pero es muy vaga. ¿Cómo se hace? Bueno, Naciones Unidas en 2015 propuso los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con meta en 2030. Son 17 objetivos concretos para que gobiernos, empresas y ciudadanos actúen. ¿Se ha conseguido? No del todo. Pero al menos el desarrollo sostenible dejó de ser un concepto etéreo: se volvió más concreto. Aun así, creo que no es suficiente. El desarrollo sostenible debe tener un enfoque holístico: todo en nuestro mundo está relacionado. No puedes decir: “Nos centraremos en la energía renovable”, o “en la producción”, o “en la tecnología”. No sirve si no se relaciona con todo lo demás que implica la existencia humana. Si no hay una visión integral, solo pondremos parches.

Y ahora, lo que os voy a decir puede parecer un cuento de hadas. Pero  si no escribimos un cuento de hadas, nos vamos al infierno. Así de claro. Por tanto: o construimos un cuento de hadas, o acabaremos muy mal. Desde esa perspectiva holística, propongo tres tipos de paz:

  • Paz con la naturaleza
  • Paz social
  • Paz interior

Cuando hablo de paz, me refiero a equilibrio. Equilibrio con el entorno natural, equilibrio entre las personas, y equilibrio interno. La paz interior quizá sea la más difícil.

Por ejemplo, en paz con la naturaleza: Dinamarca. Es el país más sostenible del mundo. Energías renovables, protección ambiental… Lo que no pueden evitar, como los efectos globales del cambio climático, al menos no lo empeoran.

En paz social: Nueva Zelanda. Nunca ha tenido una guerra, ni siquiera durante la colonización inglesa. Pactaron con los maoríes y redactaron una constitución equitativa para ambas partes. Se cumple. A diferencia de Australia, donde masacraron a los aborígenes.

En paz interior: Finlandia, país más feliz del mundo según Naciones Unidas. Y eso que pasan meses sin ver el sol y viven entre nieve, salmón y saunas. Pero son felices. Mientras nosotros, con nuestra cervecita y nuestras tapas, estamos al nivel de Kosovo. Cuidado con las apariencias.

Un país que reúne las tres paces es Suiza. Me dan una envidia tremenda. Son sostenibles, están entre los más felices del mundo, y su paz social es ejemplar. Desde 1291 solo han tenido guerras por motivos religiosos. Nunca por lenguas. Tienen cuatro lenguas oficiales y nunca se han matado por eso. Su política es tan estable que nadie sabe el nombre de su presidente. Y tampoco pasa nada. Salvo quizás por los bancos… pero no se puede ser perfecto.

Yo pienso que la vida es equilibrio. Y el equilibrio se parece mucho a la felicidad. La felicidad constante no existe. Hay momentos felices, sí, pero no es permanente. En cambio, si buscamos el equilibrio, nos acercamos lo más posible a esa felicidad estable.

El cambio es posible. Pero necesitamos llegar a la masa crítica. Cuando en la historia se ha alcanzado una masa crítica, ha habido transformación. En la Revolución Francesa: la “chusma” no tenía armas ni dinero, pero eran más y estaban convencidos. Y ganaron. En la Inglaterra industrial, nadie creía que llegaría un día en que habría seguridad social, jubilación o bajas médicas. Pero ocurrió. Porque hubo masa crítica.

Necesitamos eso: más gente convencida que indiferente. Pero tenemos un hándicap: somos bichos. Primero necesitamos satisfacer lo básico. Si no tengo qué comer, si mi familia está en peligro, si no tengo casa ni trabajo, ¿qué me importa el cambio climático? Es lo que explica la pirámide de Maslow (figura 5): hasta que no cubres tus necesidades fisiológicas y de seguridad, no te puedes ocupar de otras cosas.

figura5Figura 5. La pirámide de Maslow

Y ahora, antes de terminar, os voy a dejar con tres palabras que quiero que recordéis, cada una con una frase:

  • Dios perdona siempre.
  • Los seres humanos perdonan a veces, según lo duros que seamos o lo que nos hayan hecho.
  • Pero la naturaleza no perdona nunca.

Recordemos que la naturaleza, el hombre y Dios actúan de manera distinta. Ahí está el verdadero problema. La naturaleza, si tiene que actuar, lo hará sin remilgos. Siempre se ha hablado de la madre naturaleza, pero la madre naturaleza lleva una navaja escondida. No es necesariamente bondadosa: depende de los misterios que la rodean. Así que este sería el final: vigilemos con la naturaleza, porque los que saldremos perdiendo seremos nosotros, no el resto del planeta.