Conferencia de la Astronómica de Sabadell. Laura Mònica Martínez, 29 de abril de 2026
Para situarnos un poco en la charla anterior, yo hablé sobre todo del descubrimiento de Lucy, que ya hemos comentado y ahora no repetiré. Hoy hablaremos de la evolución del género Homo, básicamente, que es el género que después daría lugar a nosotros, a Homo sapiens. Y, como veréis, el género Homo se encuentra distribuido no solo por África —en la charla anterior no habíamos salido de África—, sino que hoy saldremos de ella.
Para que os situéis más o menos y veáis de qué estamos hablando, y también para que podáis interpretar estas dataciones, esta sería la imagen actual de todos los taxones de homininos (figura 1). Cuando a mí me explicaban la evolución humana hace años, no se veían estos gráficos, sino que había un ancestro y su supuesto descendiente unidos por una línea. Había líneas que, a veces, se ramificaban, etc. Actualmente se han descubierto tantos fósiles que a veces cuesta establecer esta relación de ancestro-descendiente, tal como comentábamos.
Figura 1. Los homininos
En la charla anterior nos situamos en estos millones de años y sobre todo expliqué hasta esta parte amarilla que veis aquí. En un momento determinado desaparecen los bosques de África y comienzan a abrirse las sabanas. Terminamos hablando de la diversificación de las formas de australopitecos, que veis aquí.
Hoy dejaremos esta parte y nos centraremos en la evolución del género Homo. Por tanto, veremos los últimos escalones de nuestra evolución, aproximadamente desde hace 2,7 millones de años hasta la aparición de Homo sapiens, que veis aquí.
Estos primeros homininos que tenéis aquí en color rosa serían Homo habilis; un poco más tarde aparece Homo ergaster. Serían los primeros representantes del género Homo, y estos darían lugar al resto de homininos que veis aquí. Homo habilis se sitúa en África; por tanto, el origen del género Homo es africano, y suponemos que sus ancestros son los australopitecos. Si queréis saber cuál de estos australopitecos es el ancestro directo del género Homo, la respuesta es que todavía no lo sabemos y que hay varias posibilidades.
Una de las cosas que caracteriza la evolución de nuestro linaje sucede hace aproximadamente 2,7 millones de años. Aquí encontramos varias coincidencias: prácticamente la desaparición de los australopitecos —hay muy pocos a partir de este nivel en el registro fósil—, la aparición de los primeros representantes del género Homo, como Homo habilis, y tres tendencias muy importantes que hoy recorreremos.
La primera es que estos representantes del género Homo tienen un cerebro más grande que los australopitecos. Veréis que esta tendencia de crecimiento cerebral es exponencial hasta la aparición de los neandertales. Por tanto, la primera tendencia importante es esta: el género Homo se caracteriza por un crecimiento del cerebro, del neurocráneo, respecto a la cara.
Después, en los yacimientos, de forma sistemática, comenzamos a encontrar muchas herramientas líticas. Esto no quiere decir que no las hubiera antes —ahora sabemos que sí—, pero a partir de este momento las encontramos de forma muy abundante.
Y, finalmente, una de las cosas más importantes es que pasamos de un bipedismo ineficiente —como el de Lucy, que se llama bipedismo facultativo— a un bipedismo obligado, mucho más eficiente energéticamente. Aunque estas tres cosas las presento por separado, seguramente están relacionadas y contribuyeron conjuntamente a la evolución de nuestro linaje.
Antes de empezar con todos estos fósiles y este viaje, aclararemos un poco estas tres tendencias. La primera es el crecimiento del cerebro. Hasta este punto, los australopitecos tenían un cerebro pequeño. Lucy, por ejemplo, medía aproximadamente un metro veinte, pero si miramos la proporción del cerebro respecto a la cara, era aproximadamente del 50 %.
A partir de los primeros representantes del género Homo, como Homo habilis, que tiene unos 1,8 millones de años, el neurocráneo ya es más grande que la cara. Y esta tendencia continuará creciendo. Por tanto, es una característica propia de nuestro linaje: hay alguna presión de selección que favorece el aumento del cerebro.
Después tenemos el uso sistemático de herramientas líticas. Hace años no se concebía que un representante que no fuera del género Homo pudiera fabricar herramientas, pero sabemos que incluso los chimpancés las fabrican. Utilizan palos, los modifican, prueban su flexibilidad y este conocimiento se transmite de madres a crías.
Hace unos años —publicado en 2023— se encontraron herramientas de 3,3 millones de años en Kenia. Esto significa que antes del género Homo ya existían herramientas líticas, y que los australopitecos, a pesar de tener un cerebro pequeño, eran capaces de fabricarlas.
¿Qué pasa con el género Homo? Que encontramos otro tipo de herramientas (figura 2), más desarrolladas y presentes de forma sistemática en los yacimientos. Las primeras, de 3,3 millones de años, corresponden a la industria lomekwiana. Más tarde aparece la tecnología olduvayense (modo 1), llamada así por el yacimiento de Olduvai, en Tanzania.
Figura 2. Desarrollo de la tecnología de las herramientas líticas
Estas herramientas son piedras manipuladas para obtener filos cortantes. Se utilizaban, entre otras cosas, para procesar alimentos. No eran muy eficientes para cazar directamente; de hecho, sabemos que los primeros homininos eran carroñeros. Se alimentaban de lo que dejaban los grandes carnívoros: cadáveres y huesos. Con estas herramientas podían romper los huesos y acceder a la médula, que es muy nutritiva. Se han encontrado herramientas asociadas a huesos rotos en zonas de Tanzania y Kenia, lo que refuerza esta interpretación.
Más adelante, hace aproximadamente 1,7 millones de años, aparece el modo 2 o achelense. Son herramientas trabajadas por las dos caras, mucho más eficientes y versátiles. De hecho, se las ha llamado “la navaja suiza de la prehistoria”, porque servían para muchas funciones: cortar, descarnar, cavar o romper.
Todo esto está relacionado con un cambio climático importante. El género Homo aparece en un momento en el que desaparecen las zonas arboladas y se extienden las sabanas abiertas. Esto implica menos refugio y más dificultad para encontrar alimento, sobre todo durante la estación seca. Las herramientas líticas permiten acceder a recursos que antes no estaban disponibles, como alimentos bajo tierra o restos animales.
Finalmente, entra en juego el bipedismo obligado. En estos entornos abiertos, hay que desplazarse para encontrar alimento. Si el desplazamiento es poco eficiente, se gasta mucha energía. Pero con un bipedismo eficiente, como el nuestro, el coste energético es menor.
Esto permite, por ejemplo, la caza por resistencia. Los humanos pueden caminar durante horas, a diferencia de otros mamíferos. Esto hace posible seguir una presa hasta que agota su capacidad de termorregulación y cae.
Este tipo de locomoción también implica una mejor regulación de la temperatura, ya que podemos sudar y disipar el calor. Todo ello hace que seamos muy eficientes en estos entornos.
Como el desplazamiento consume menos energía, esta se puede destinar a otras funciones, como el cerebro. El cerebro es un órgano muy costoso energéticamente —puede consumir aproximadamente el 25 % de la energía diaria—, y su crecimiento se ve favorecido en este contexto.
Por tanto, en este momento comienza realmente nuestra historia evolutiva, cosa que no ocurría con los australopitecos.
En cuanto a los primeros Homo, como Homo habilis, hay que tener en cuenta que los cambios no se producen de golpe. La evolución es gradual y presenta un mosaico de características. Por ejemplo, Homo habilis todavía tiene brazos relativamente largos en comparación con las piernas, lo que indica cierta capacidad para trepar. Pero también presenta características más modernas, como un fémur con una inclinación más marcada y un pie con arco plantar desarrollado, adaptado al bipedismo.
Además, los metatarsianos son paralelos, como en los humanos actuales. Así pues, estos Homo habilis combinan rasgos primitivos con rasgos más modernos.
Esto genera un problema interesante en evolución humana: si cada vez tenemos un cerebro más grande y caminamos de forma bípeda, ¿cómo se resuelve esta combinación desde el punto de vista anatómico y funcional? Este es uno de los grandes dilemas que se plantean en el estudio de nuestra evolución.
Hay una estructura que es muy importante, sobre todo en las mujeres: la pelvis. Si cada vez tenemos el cerebro más grande, nuestros bebés también tendrán cerebros más grandes. Pero la pelvis humana no solo está adaptada al parto; en el caso de las mujeres, también lo está al bipedismo. Tenemos una morfología pélvica determinada que nos permite caminar de forma eficiente. Nuestra pelvis es estrecha en sentido anteroposterior, lo que es biomecánicamente eficiente.
Figura 3. Pelvis de chimpancé y pelvis de Homo
Esto nos ayuda también a la termorregulación, ya que forma parte de la morfología general del cuerpo, y contribuye a mantener el suelo pélvico. Pero hay que tener en cuenta que existe un compromiso con el canal del parto. Si cada vez tenemos cerebros más grandes, las crías también los tendrán, pero la pelvis no puede crecer más, porque eso dificultaría la locomoción. ¿Cuál fue la solución evolutiva? Nacer antes. Esto implica dimorfismo sexual marcado en la pelvis y la altricialidad humana: nuestras crías nacen más inmaduras.
Si lo comparamos con una cría de chimpancé, aproximadamente a los nueve meses de vida humana igualamos la madurez que tiene un chimpancé al nacer. Es decir, nosotros nacemos en un estado mucho más inmaduro. Y esto tiene muchas implicaciones en el género Homo, que ahora veremos.
Aquí tenéis la pelvis de un chimpancé y la dirección de su canal del parto, y aquí la pelvis humana con la dirección de nuestro canal. El parto humano es complejo. La pelvis tiene varios diámetros: uno superior, uno medio y uno inferior. En el caso del chimpancé, el nacimiento es más directo: la hembra se agacha, la cría sale prácticamente en línea recta y la madre la puede coger cara a cara.
En cambio, el parto humano es más complicado, porque la pelvis no tiene el mismo diámetro en todas sus partes. Esto hace que el parto sea más difícil y, en cierta manera, traumático. En el caso humano, la cabeza del bebé tiene que girar para poder salir por el canal del parto. Y no solo la cabeza: después tiene que pasar la cintura escapular, primero un hombro, luego el otro, y finalmente el resto del cuerpo.
Por tanto, hay un compromiso entre la estructura anatómica de la pelvis y el tamaño del cerebro. Si nacemos antes, nacemos más inmaduros, y esto genera adaptaciones específicas.
En este gráfico (figura 4), por ejemplo, se puede ver el tamaño del cerebro en relación con la edad en chimpancés y humanos. En el chimpancé, el cerebro crece mucho antes del nacimiento y después este crecimiento se ralentiza. En los humanos, en cambio, nacemos antes y una parte importante del crecimiento cerebral se produce fuera del útero materno. Por eso, cuando llevamos un bebé al pediatra, durante las primeras semanas y meses se mide a menudo el perímetro craneal para asegurar que crece correctamente.
Figura 4. Crecimiento del cerebro de los humanos y de los chimpancés
Esto genera toda una serie de consecuencias y adaptaciones. El aumento del tamaño del cerebro implica un parto prematuro, y esto conlleva una gran dependencia parental, ya que las crías nacen inmaduras. Como resultado, tenemos un período infantil y juvenil muy largo en comparación con otros primates.
Además, se reduce el tiempo entre partos. En comparación con otros hominoideos —como gorilas, chimpancés u orangutanes—, los humanos tenemos las crías antes y también los siguientes partos se producen con menos intervalo, con el fin de asegurar la supervivencia.
Esto fue clave en el momento de la aparición del género Homo. Probablemente hubo un cambio importante en el comportamiento social para garantizar que estas crías tan dependientes pudieran llegar a la edad reproductiva.
Dicho esto, y teniendo en cuenta estos factores —cerebro, herramientas líticas y bipedismo—, ¿dónde encontramos las evidencias más antiguas del género Homo y qué características presentan?
Las evidencias más antiguas se encuentran en la región de Etiopía. En la formación de Hadar, muy cerca de donde se encontró a Lucy, se ha hallado una maxila de unos 2,3 millones de años. Esta maxila se diferencia de las de los australopitecos porque, aunque tiene una dentición grande, presenta rasgos más avanzados.
También se ha encontrado una mandíbula —o más exactamente un fragmento de mandíbula— con una datación de entre 2,8 y 2,7 millones de años, en la región de Ledi-Geraru, también en Etiopía. Esta pieza se ha asignado al género Homo, pero sin especificar la especie (Homo sp.). Si esta clasificación es correcta, serían los restos más antiguos conocidos del género.
Estos restos son muy antiguos y escasos, pero a partir de los dos millones de años comenzamos a encontrar más evidencias. Por ejemplo, en el yacimiento de Olduvai se han encontrado fragmentos de mandíbula y cráneos como los asociados a Homo habilis. El nombre “habilis” proviene de “hábil”, ya que se encontraron herramientas líticas asociadas a estos fósiles y se pensó que eran sus fabricantes.
Después de Homo habilis aparecen Homo ergaster y Homo erectus, que también se encuentran en estos yacimientos, así como en Sudáfrica. Por ejemplo, se ha publicado recientemente el caso de un individuo infantil de Homo erectus de 1,9 millones de años encontrado en un yacimiento de Etiopía situado a gran altitud, en las tierras altas etíopes, a unos 2.000 metros. Esto indica que estos homininos estaban adaptados a entornos diversos.
Uno de los yacimientos más importantes es Olduvai, en Tanzania, conocido como la “capilla Sixtina” de la evolución humana. En la garganta de Olduvai se han encontrado muchísimas evidencias: herramientas líticas, fósiles y también herramientas hechas con huesos, incluso de elefante.
Se han identificado huesos con marcas de corte, producidas por herramientas de piedra, especialmente en zonas concretas, lo que indica actividades de descarnado. En este yacimiento, de unos 1,5 millones de años, encontramos tanto Homo habilis como Homo ergaster.
Algunas reconstrucciones artísticas muestran escenas plausibles de esta época: individuos descarnando animales, otros fabricando herramientas e incluso hembras transportando crías. Todo ello refleja una posible organización social (figura 5).
Figura 5. Reconstrucción de Homo habilis
La zona de Olduvai es una sabana árida pero estacional, situada en una antigua cuenca lacustre. En los márgenes de este antiguo lago es donde se han encontrado muchas de los restos, ya que los homininos acudían probablemente para acceder a recursos. Los estratos geológicos son muy visibles y se pueden seguir durante kilómetros, lo que facilita el estudio del registro fósil.
El nombre “Olduvai” proviene de una planta local llamada así en lengua masái. La erosión provocada por el agua ha dejado al descubierto los sedimentos y los fósiles, que a menudo se encuentran en superficie, sin necesidad de excavaciones profundas.
Es una zona muy rica en fauna, cercana al Serengeti, y el paisaje es el típico de sabana africana. Se han llevado a cabo numerosas excavaciones y se han hecho descubrimientos importantes, como las herramientas de hueso más antiguas conocidas.
Varios equipos de investigación trabajan actualmente allí, y sigue siendo uno de los lugares clave para entender la evolución humana. Si buscáis imágenes o vídeos de la garganta de Olduvai, podréis ver claramente este paisaje y entender mejor el contexto en el que vivían estos primeros humanos.
A partir de este momento, cuando comienzan a aparecer los Homo ergaster, sucede una cosa muy importante: hay cambios climáticos muy intensos. Los glaciares bajan hacia latitudes más meridionales y esto, en África, se traduce en una gran aridez.
Estos homininos, que ya caminan de forma bípeda y tienen estrategias como la caza o el carroñeo, se ven obligados a salir fuera de África. Probablemente seguirían las grandes migraciones de herbívoros hacia latitudes más al norte. Es en este momento cuando se produce la primera “Out of Africa”.
La pregunta es: ¿por dónde se produjeron estas salidas de África?
Una de las rutas más probables es por el Sinaí. Si salimos por esta zona, las evidencias más antiguas las esperaríamos encontrar en Israel y en toda la península Arábiga. Ahora bien, esta región es muy difícil de estudiar arqueológicamente por motivos políticos y logísticos. Sabemos que en el pasado existió lo que se llama “Arabia verde” (Green Arabia), pero todavía hay poca investigación. Solo algunos equipos han trabajado allí, y han encontrado restos relativamente recientes, de unos 90.000 años, pero sabemos que podría haber mucho más.
Otra posible ruta es a través del estrecho de Gibraltar. Esta hipótesis es muy debatida: tiene defensores y detractores. Algunos investigadores argumentan que la fauna del norte de África no coincide con la de la península Ibérica, lo que dificultaría esta hipótesis. Pero otros señalan evidencias como la presencia de ciertos primates o hipopótamos tanto en el norte de África como en la península Ibérica, pero no en el resto de Europa.
También sabemos que el nivel del mar del Mediterráneo ha variado a lo largo del tiempo. En períodos de nivel bajo, la distancia entre África y Europa era menor, y esto podría haber facilitado el paso. Además, los homininos son exploradores por naturaleza, así que no es descartable que atravesaran esta zona en determinadas condiciones.
En realidad, no debemos pensar en una única ruta: es posible que hubiera varias salidas por diferentes zonas.
Figura 6. Posibles salidas de África
Ahora bien, ¿dónde encontramos las evidencias más antiguas fuera de África?
Una de las más antiguas se encuentra en China, en el yacimiento de Shangchen, con herramientas líticas de hace 2,1 millones de años. Esto indica que, poco después de la aparición del género Homo, ya había dispersiones fuera de África. En este caso, sin embargo, no se han encontrado fósiles humanos, solo herramientas.
También en Java, en el yacimiento de Sangiran, se han encontrado restos de Homo erectus, que son de los más antiguos fuera de África y han sido muy estudiados.
No obstante, las evidencias fósiles más antiguas fuera de África se encuentran en Dmanisi, en Georgia. Allí se han descubierto cinco cráneos con una capacidad craneal un poco superior a la de Homo habilis, pero todavía con rasgos robustos. Esto refuerza la idea de una dispersión temprana a través de esta región.
Posteriormente, las evidencias más antiguas en Europa se encuentran en la península Ibérica, especialmente en Atapuerca, con una antigüedad de aproximadamente 1,4 millones de años (según estimaciones recientes). También en Orce se ha encontrado un molar de leche con una datación similar.
Hasta hace poco, se pensaba que las dispersiones se dirigían principalmente hacia el este, pero descubrimientos como los de Atapuerca y Orce indican que también hubo expansiones hacia el oeste.
La sierra de Atapuerca es un conjunto de yacimientos muy importante. Se trata de un sistema kárstico de cuevas que quedó expuesto a raíz de la construcción de una línea de ferrocarril para transportar carbón. En lugar de rodear la sierra, se cortó por el medio, dejando al descubierto los sedimentos y fósiles.
En la Sima del Elefante, uno de los yacimientos, se descubrió en 2025 un fragmento de cara que constituye la evidencia más antigua de Europa. Se trata de una parte del maxilar con el hueso cigomático, que presenta características modernas, como una ligera retracción facial, aunque también muestra afinidades con Homo ergaster o Homo erectus. Por eso se ha clasificado como Homo affinis.
Anteriormente, en este mismo yacimiento, ya se había encontrado un fragmento de mandíbula de unos 1,2 millones de años, clasificado como Homo sp., es decir, sin asignación específica.
En la Gran Dolina, otro yacimiento de Atapuerca, se descubrieron en los años 90 restos humanos de unos 800.000 años, inicialmente atribuidos al “chico de la Gran Dolina”, pero estudios posteriores indicaron que era una hembra, la “chica de la Gran Dolina”. Estos restos corresponden a Homo antecessor.
Cuando se comparan los restos de la Sima del Elefante con los de la Gran Dolina, se ve que no son iguales, lo que indica que hubo al menos dos poblaciones diferentes en esta región en momentos distintos.
Las excavaciones en la Gran Dolina han sido lentas y complejas. Desde los años 90 se excava progresivamente desde la parte superior hasta llegar al nivel TD6, donde se encuentran estos restos. La gran cantidad de huesos de animales con marcas de corte indica una intensa actividad de procesado de carne.
Uno de los aspectos más sorprendentes es la presencia de marcas de corte en huesos humanos, incluidos individuos infantiles. Esto se interpreta como evidencia de canibalismo. Las hipótesis incluyen canibalismo nutricional o asociado a conflictos entre grupos. En este contexto, se piensa que podrían haber consumido individuos de otros grupos, especialmente los más vulnerables.
En cuanto a Orce, se ha encontrado un diente de unos 1,4 millones de años. Aunque los restos son escasos, indican la presencia de homininos en esta región, con un paisaje muy diferente al actual.
A partir de este momento, no todos los homininos salen de África. Algunos permanecen allí y evolucionan. Aparece así un nuevo taxón: Homo heidelbergensis. Aunque el nombre proviene de un yacimiento en Alemania (Mauer), los restos más antiguos se encuentran en África.
Un ejemplo es el cráneo de Bodo, en Etiopía, con una capacidad craneal de unos 1.100 cm³. Este cráneo presenta también marcas de corte, hechas con herramientas líticas, lo que indica prácticas de descarnado. Tiene una antigüedad de unos 600.000 años.
En Zambia, en esta zona, también tenemos el ejemplar de Broken Hill, un Homo heidelbergensis de unos 300.000 años. En África no encontramos muchas más evidencias, pero en Europa sí que hay muchas.
En este momento, cuando estos Homo heidelbergensis ocupaban zonas como la sierra de Atapuerca, se produce una nueva expansión fuera de África, lo que se conoce como el segundo “Out of Africa”. El primero lo había protagonizado Homo habilis; ahora son los Homo heidelbergensis los que se expanden.
Europa, en aquel momento, se describe como una especie de despensa con recursos abundantes, aunque la fauna era diferente a la actual. Estos Homo heidelbergensis se distribuyen por gran parte del continente: se encuentran en Inglaterra, Francia, Italia, Grecia, Alemania y también en la península Ibérica.
Figura 7. Expansión de Homo heidelbergensis
Pero en este contexto se produce otro cambio climático importante. Las temperaturas bajan, los ecosistemas se vuelven más fríos y abiertos, y los ciclos glaciares se intensifican. Esto crea barreras ecológicas que dificultan la movilidad y aíslan las poblaciones.
Como consecuencia, los grupos de Homo heidelbergensis quedan separados: unos en África y otros en Europa. En biología, cuando poblaciones quedan aisladas durante mucho tiempo, acaban diferenciándose y dando lugar a nuevas especies.
Esto es lo que se cree que pasó en nuestro linaje. Las poblaciones africanas de Homo heidelbergensis darían lugar a los primeros Homo sapiens, mientras que las europeas evolucionarían hacia los neandertales.
Figura 8. Homo neanderthalensis y Homo sapiens
Aquí, por ejemplo, podemos comparar un cráneo de neandertal —como el de La Ferrassie, en Francia— con uno de Homo sapiens de unos 30.000 años, como los del yacimiento de Abri Pataud. Los neandertales tienen, de hecho, una capacidad craneal a menudo superior a la de los sapiens, pero la forma del cráneo es diferente.
Las evidencias más antiguas de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, en el yacimiento de Jebel Irhoud. Allí se han encontrado cráneos y mandíbulas que constituyen, hasta ahora, los restos más antiguos de nuestro linaje. El yacimiento es una antigua cantera, y es en esta zona donde se localizaron los fósiles.
A partir de los 300.000 años, sin embargo, comienzan a aparecer otros fósiles en África que generan dudas sobre si son o no Homo sapiens. Por ejemplo, tenemos restos como los de Eyasi (Endutu), de unos 400.000 años; Florisbad, de unos 260.000; o los fósiles de Herto, en Etiopía, de unos 160.000 años, que corresponden a Homo sapiens idaltu. También hay restos de unos 195.000 años que refuerzan esta idea de un origen africano complejo y gradual.
Por tanto, actualmente pensamos que estos restos constituyen las primeras evidencias de nuestro linaje. Pero hay una sorpresa importante: los Homo sapiens no estaban solos en África.
Hace unos años, el paleoantropólogo Lee Berger descubrió en Sudáfrica una nueva especie: Homo naledi. Se encontraron cráneos y restos postcraneales en una cueva de muy difícil acceso. Tiene una datación de unos 335.000 años, pero presenta un cerebro muy pequeño, comparable al de Homo habilis, de hace dos millones de años. Esto significa que, mientras existían formas más modernas como Homo sapiens, también coexistían homininos con características mucho más primitivas. Este descubrimiento ha generado mucho debate, ya que se encontraron indicios de comportamientos complejos, como posibles enterramientos o uso del fuego, aunque algunos de estos aspectos todavía se discuten.
En Europa, en cambio, encontramos a los neandertales. Presentan un cráneo alargado y bajo, con una frente poco desarrollada, una cara robusta y proyectada hacia adelante, con órbitas grandes y arcos superciliares prominentes.
Los Homo sapiens, en cambio, tienen un cráneo alto y más redondeado, con una frente vertical y una cara mucho más pequeña y retraída. Esta reducción de la cara respecto al neurocráneo es una de las características distintivas de nuestro linaje.
Hay que decir que también existe variabilidad dentro de los humanos actuales: los cráneos pueden variar según las poblaciones, pero mantienen estas características generales.
Sabemos también que los neandertales no solo habitaban Europa, sino también el Próximo Oriente e incluso zonas de Siberia, como la cueva de Denisova, que es clave para entender la evolución humana reciente.
En un momento determinado, cambios climáticos favorecen la salida de Homo sapiens fuera de África. Esta expansión probablemente se produce a través del Próximo Oriente, donde se encuentran con los neandertales.
Durante mucho tiempo se pensó que los neandertales eran menos inteligentes, pero hoy sabemos que no es así. De hecho, lo que se ha descubierto es que Homo sapiens y neandertales se hibridaron, es decir, se reprodujeron entre ellos y tuvieron descendencia fértil.
Esto implica que no eran especies completamente separadas. Lo sabemos gracias a los estudios genéticos, especialmente los de Svante Pääbo, premio Nobel de Medicina en 2022, que demostró que entre un 2 % y un 3 % del genoma de las poblaciones humanas de origen europeo es de origen neandertal.
A partir de aquí, la genética ha revolucionado el estudio de la evolución humana. Se ha podido extraer ADN de fósiles e incluso de sedimentos, y compararlo entre poblaciones.
En la cueva de Denisova, por ejemplo, se descubrió otro grupo humano: los denisovanos. A partir de fragmentos de hueso y dientes, y sobre todo de material genético, se identificó este grupo, que no correspondía ni a neandertales ni a sapiens.
Es la primera vez que se define un grupo humano más por la genética que por la morfología. Además, se ha descubierto que había hibridaciones entre denisovanos, neandertales y Homo sapiens.
Por ejemplo, se han identificado individuos híbridos entre neandertales y denisovanos, y también entre denisovanos y sapiens. Incluso se ha detectado material genético de un grupo aún desconocido, llamado provisionalmente “mystery hominin”.
Todo esto indica que la historia evolutiva humana es mucho más compleja de lo que se pensaba, con múltiples grupos coexistiendo e intercambiando genes.
Los neandertales, con el tiempo, fueron desapareciendo. Los cambios climáticos, la reducción de recursos y la baja variabilidad genética en poblaciones pequeñas contribuyeron a su extinción. En cambio, los grupos que se hibridaron con Homo sapiens incorporaron nueva variabilidad genética.
Las evidencias más antiguas de Homo sapiens fuera de África se encuentran en Israel, en yacimientos como Skhul y Qafzeh, con dataciones de unos 90.000 años. Estos individuos ya muestran características modernas, como una frente elevada y un cráneo redondeado.
Finalmente, con el tiempo, los neandertales desaparecen y solo Homo sapiens queda como único representante del género Homo.
Y en cuanto a los denisovanos, durante mucho tiempo no sabíamos cómo eran físicamente. Pero recientemente se ha podido comenzar a reconstruir su aspecto a partir de nuevas evidencias, en una historia realmente sorprendente que sigue aportando nuevos datos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en esta región de China que veis aquí, hubo muchas obras de construcción. Uno de los obreros encontró este cráneo, lo guardó y lo fue pasando de generación en generación.
El nieto, con buen criterio, decidió llevar el cráneo a una universidad china porque pensaba que podía ser importante. Allí localizaron el estrato del que provenía, lo dataron y determinaron que tenía unos 148.000 años. En aquel momento lo llamaron Homo longi.
Lo describieron como el «hombre del dragón» (morongui). Este es el artículo y esta es la reconstrucción facial.
Cuando comenzaron a aparecer más evidencias sobre los denisovanos y se vio que su presencia en Asia era muy importante, decidieron extraer una pequeña muestra de este diente que veis aquí y analizarla genéticamente. Creo que fue el año pasado o hace dos años que supimos que este cráneo pertenece a un denisovano. Es un denisovano.
Y no solo se ha encontrado este cráneo: posteriormente también se ha encontrado un fragmento de mandíbula, entre otros restos. Ahora mismo, toda la evolución humana en estos períodos está en plena efervescencia. Cualquiera que se dedique a este campo os diría que cada mes o mes y medio sale un nuevo artículo importante sobre paleogenética. Realmente está en auge.
La genética nos está permitiendo desentrañar relaciones entre grupos que morfológicamente no podíamos distinguir. Nos da una visión que antes era imposible de obtener solo con la anatomía.
Y con esto ya termino: ¿cuáles serán las grandes novedades en el estudio de la evolución humana de estos períodos en los próximos años? Seguramente vendrán de China. Hasta ahora los chinos no habían mostrado mucho interés en paleoantropología (aunque ya teníamos los Homo erectus, etc.), pero ahora ven que tienen un potencial enorme.
De hecho, grupos como el de Atapuerca ya han comenzado a hacer investigación allí, porque han visto que genéticamente hay similitudes con las poblaciones denisovanas. Esto abre la puerta a hablar de posibles migraciones desde Asia hasta la península Ibérica.
Por eso, cráneos que se descubrieron hace tiempo, como el cráneo de Dali que veis aquí, o el de Jinniushan, en esta misma zona de China, ahora se están reinterpretando con otros ojos.
También tenemos el yacimiento de Hualongdong, con dataciones de hace unos 300.000 años. La mandíbula de Xiahe, que ya se sabe que pertenece a un niño denisovano… Todos estos fósiles, que se encontraron hace tiempo, se están reestudiando con mucha intensidad. Estoy segura de que intentarán secuenciarlos genéticamente para ver exactamente qué son.
Antes de los 60.000 años ya tenemos una serie de migraciones, salidas de Homo sapiens fuera de África. Después de los 60.000 años estas migraciones se intensificaron mucho por toda esta región. Es decir, las poblaciones iban migrando por muchas zonas, dependiendo de los cambios climáticos y de la posición de los glaciares, y recorrieron diferentes territorios.
Coloquio
¿El Homo floresiensis es todo él más pequeño, de forma proporcionada?
Los Homo floresiensis tienen una datación de unos 70.000 años, por tanto son fósiles relativamente recientes. Se trata de individuos muy pequeños, pero proporcionalmente pequeños (alométricos). Es decir, la pelvis, el cráneo, todo es pequeño de forma proporcionada.
¿Cómo se determinan las especies sin ADN y qué pasa con las hibridaciones?
La definición biológica de especie (individuos que se pueden reproducir y tener descendencia fértil) no siempre es útil en paleontología. Si aceptamos que Homo neanderthalensis y Homo sapiens se reprodujeron y que tenemos material genético neandertal, deberíamos replantearnos si realmente son especies diferentes. Quizá deberíamos decir Homo sapiens neanderthalensis y Homo sapiens sapiens. Estos cambios de concepto cuestan mucho de aceptar.
Actualmente, cuando una fósil conserva buen material genético, podemos calcular cuántas generaciones atrás se produjo una hibridación. Por ejemplo, se ha encontrado un individuo denisovano que tenía, tres generaciones atrás, una madre neandertal y un padre denisovano.
Gracias a las tasas de mutación, el genoma actúa como un reloj y podemos retroceder en el tiempo. También se han encontrado individuos en Rumanía (como los de Peștera cu Oase) que tenían un 8 % de material neandertal, mucho más que los humanos actuales (que tenemos entre un 2 y un 3 %). Esto indica que estaban más cerca temporalmente del cruce.
¿Con el ADN, hasta qué fecha se puede datar?
De momento, el récord está en unos huesos de hace 450.000 años (la Sima de los Huesos). Más allá de eso, todavía no hemos conseguido extraer ADN.