Conferencia de la Astronómica de Sabadell. Xavier Bros, 14 de mayo de 2025.
Hoy hablaremos de la observación amateur de objetos insólitos. Los aficionados a la astronomía suelen parecer predestinados a especializarse en dos grandes ámbitos: la investigación o la astrofotografía.
En cuanto a la investigación, encontramos personas expertas en la observación de ocultaciones de estrellas por asteroides, un campo con un grupo bastante consolidado. También hay quienes se dedican al estudio de estrellas variables, como las RR Lyrae, en las que se realiza una tarea muy destacada. Más recientemente, varios aficionados se han implicado en la observación de exoplanetas. De hecho, creo que hay unos veinticinco miembros de la Agrupación Astronómica que están activos en este campo.
Además, hay grupos de investigación amateur que colaboran con observatorios profesionales, como los de Calar Alto, el Montsec y, especialmente, el del Teide, con el telescopio IAC80. Todo esto demuestra que hay aficionados muy implicados en proyectos de investigación. Pero hoy no hablaremos de investigación.
Del mismo modo que hay especialistas en astrofotografía, tampoco nos centraremos en eso hoy, ya que las imágenes que veréis no tienen, digamos, un valor estético destacado. Hoy hablaremos de otra cosa: de la observación por placer, por superación personal, por retos. Todos los aficionados empiezan igual: con un telescopio, observando la Luna, el Sol, Júpiter, los anillos de Saturno, la nebulosa de Orión, la galaxia de Andrómeda... Siempre los mismos objetos. Pero llega un momento en que hay que ir más allá: una vez has visto el cúmulo de Hércules diez veces, la vez número once ya no aporta nada nuevo. Y es entonces cuando aparece la necesidad de nuevos retos.
Hoy hablaremos, pues, de retos aparentemente imposibles para un aficionado, pero que, sorprendentemente, son posibles. Un aficionado puede hacer observaciones realmente impresionantes, no desde el punto de vista científico, sino como fuente de satisfacción personal.
Por ejemplo, hablemos de las enanas marrones. ¿Es posible ver una con un telescopio amateur? Parece una hazaña, pero sí, se puede hacer.
Las estrellas de baja masa son las más abundantes en nuestra galaxia. Entre ellas están las enanas rojas, como Alfa Centauri, la estrella de Barnard, entre otras. Ahora bien, también hay objetos que no son ni estrellas de baja masa ni planetas: son demasiado grandes para ser planetas, pero demasiado pequeños para ser estrellas. Esas son las enanas marrones.
Las estrellas —tanto las de baja masa como las similares al Sol— obtienen su energía de la fusión de hidrógeno o helio. Las de baja masa tienen, como mínimo, una masa equivalente a 75-80 veces la de Júpiter. Por debajo de ese umbral, entramos en el terreno de las enanas marrones. Estos objetos no pueden realizar la fusión de hidrógeno ni de helio, pero sí —aunque débilmente— la de litio, un proceso mucho menos eficiente y más raro.
La primera enana marrón conocida, Teide 1, fue descubierta por tres investigadores: Rafael Rebolo, María Rosa Zapatero y Eduardo Martín, en el Observatorio del Teide, utilizando el telescopio IAC80. Posteriormente recurrieron a otros observatorios, como el William Herschel, en el Roque de los Muchachos, para obtener una espectrografía fiable. Finalmente, completaron su investigación en Hawái, en el Mauna Kea, donde confirmaron que este objeto efectivamente fusionaba litio.
Teide 1 se encuentra a unos 400 años luz de distancia, en el centro del cúmulo de las Pléyades. Tiene una masa de 55 Júpiter y apenas un 5,2% de la masa solar. Es un objeto extremadamente débil y pequeño.
Pues bien, este objeto ha sido detectado con un telescopio amateur. Albert Morral, desde el Observatorio de Sabadell, logró su detección y la publicó hace unos meses en la revista Astrum.
En la Figura 1, ese pequeño punto señalado es, precisamente, la enana marrón Teide 1.
Como decía al principio, ¿Qué valor científico tiene esta imagen? Ninguno. ¿Qué valor astrofotográfico? Tampoco ninguno. Pero, ¿qué valor personal tiene? Muchísimo. Detectar con tu propio telescopio un objeto como una enana marrón, que probablemente es de los más abundantes de la galaxia... eso no tiene precio.
Figura 1. Imagen de la enana marrón Teide-1.
También tenemos el caso de las estrellas variables, algunas de las cuales son extremadamente rápidas. Un buen ejemplo son las RR Lyrae, ya mencionadas anteriormente. En nuestra agrupación hay un grupo de investigación que registra curvas de luz muy detalladas y, sobre todo, estudia los máximos de brillo con gran precisión. Gracias a estas observaciones, el conocimiento sobre este tipo de estrellas puede avanzar significativamente.
Ahora bien, dejemos de lado la investigación y centrémonos en una experiencia muy distinta: observar visualmente, a través del ocular de un telescopio, el máximo de una estrella RR Lyrae. Es un espectáculo realmente impresionante. Puedes ver cómo, en pocos minutos, la estrella aumenta de brillo. Las medidas se realizan comparando su luminosidad con la de una estrella de referencia cercana, siguiendo una escala subjetiva. Si se registran cada diez minutos, se puede ver claramente cómo la luz aumenta progresivamente. Es una experiencia que, sin duda, llena el alma. Este es el caso de las variables ultrarrápidas de tipo RR Lyrae. A veces, ni siquiera es necesario utilizar telescopio o prismáticos: a simple vista ya se puede disfrutar de un fenómeno similar.
Un ejemplo clásico es Algol (Beta Persei), la estrella eclipsante más conocida, situada en la constelación de Perseo. Es visible a simple vista y presenta eclipses primarios con una caída notable de luminosidad, así como eclipses secundarios mucho más leves.
A diferencia de otros sistemas eclipsantes con períodos de varios años, Algol tiene un período muy corto: solo 2,2 días. Aunque observarla no aporte conocimiento científico ni resultados astrofotográficos destacables, ver cómo, a simple vista o con prismáticos, el brillo de la estrella baja y vuelve a subir es un espectáculo fascinante. Es uno de esos fenómenos que crean afición.
Cambiemos totalmente de registro y vayamos mucho más lejos: hablemos del cuásar doble QSO 0957+561. Este nombre tan peculiar ya nos indica su posición en el cielo (ascensión recta y declinación) y el hecho de que es observable desde el hemisferio norte.
Este cuásar es un ejemplo vivo de la teoría de la relatividad de Einstein. El modelo es el siguiente: tenemos un cuásar muy lejano, con una galaxia masiva entre él y la Tierra. Esta galaxia actúa como una lente gravitacional, distorsionando la luz del cuásar de tal manera que vemos dos imágenes del mismo objeto. Hicieron falta años para confirmar que estas dos imágenes eran, en realidad, el mismo cuásar duplicado por este efecto relativista.
Además, está muy lejos: tiene un corrimiento al rojo de z = 1.41, lo que significa que la luz ha tardado unos 8.700 millones de años en llegar hasta nosotros. Sin embargo, el efecto de la lente ha aumentado su brillo hasta alcanzar una magnitud de 16,7, lo que lo hace accesible a telescopios de aficionados.
Cualquiera que disponga de un telescopio de 20 cm puede intentar detectarlo. En la Figura 2, vemos una imagen del cuásar doble. Incluso se aprecia una ligera nebulosidad, correspondiente a la galaxia que actúa como lente. Visualmente, junto con Emili Capella, realizamos una observación conjunta: vimos el cuásar como un único punto luminoso, pero en la imagen sí se pueden distinguir claramente las dos imágenes del cuásar.
Ver una lente gravitacional es perfectamente posible para un aficionado, con un telescopio adecuado, un cielo oscuro y un poco de paciencia con una cámara CMOS o CCD.
Figura 2. Cuásar doble fotografiado en el observatorio Anysllum (Xavier Bros y Jaume Zapata).
Pasamos al siguiente tema. Ya hemos comentado que ver cúmulos globulares como M13 desde la ciudad puede limitarse a percibir una especie de nubecilla con un telescopio pequeño. Pero si disponemos de un buen cielo y un buen telescopio, podemos llegar a resolver estrellas individuales, y el espectáculo es majestuoso.
Nuestra galaxia contiene una cincuentena larga de cúmulos globulares. Pero un reto apasionante para el aficionado es observar cúmulos globulares de otras galaxias, como por ejemplo la galaxia de Andrómeda. Esta posee muchos más que la Vía Láctea, y algunos se pueden detectar visualmente.
En la Figura 3 vemos varios ejemplos. G1 es el cúmulo globular más brillante de Andrómeda y, con un telescopio de aficionado, se puede ver como una pequeña nubecilla. También pueden detectarse G64 o G78, aunque visualmente parezcan solo estrellas. G72 es el más difícil de los cuatro que he podido observar; es muy débil, pero se distingue ligeramente difuso, y eso lo delata como cúmulo globular.
Por tanto, la observación de cúmulos globulares extragalácticos es un reto factible. Además de la observación visual, también se pueden obtener imágenes que complementen la experiencia.
Figura 3. Cúmulos globulares de la Galaxia de Andrómeda.
Pasamos al siguiente reto. Hablamos de la galaxia M87, una de las más imponentes del cielo. Se encuentra en el cúmulo de Virgo y es aproximadamente el doble de grande que la Vía Láctea, lo que ya la sitúa entre las galaxias gigantes del universo.
La M87 está situada a unos 53 millones de años luz de distancia. Aunque esto parezca muy lejos, dentro de la escala cósmica no es una distancia excesiva, sobre todo si tenemos en cuenta que muchas galaxias del cúmulo de Virgo se encuentran a distancias similares.
En su núcleo, M87 contiene un agujero negro supermasivo, mucho más grande que el que hay en el centro de nuestra galaxia. Este agujero negro emite un jet (chorro) de plasma que sale proyectado desde el centro galáctico a una velocidad cercana a la de la luz. Este jet es uno de los fenómenos más espectaculares que podemos observar en astrofísica extragaláctica.
Con las imágenes del Telescopio Espacial Hubble, este jet es claramente visible e impresionante. Pero lo más fascinante es que, con equipos de aficionado, ¡también se puede llegar a detectar! En la Figura 4, podéis ver una imagen espectacular que obtuvimos junto con Jaume Zapata, donde se puede apreciar claramente el jet de M87. Es cierto que se ve como una pequeña línea, pero es un detalle muy destacado, y más si pensamos en la distancia y el tamaño real de este fenómeno.
Cualquiera de vosotros que tenga un telescopio de unos 20 cm de diámetro y una cámara CCD o CMOS, puede lograrlo. La clave es hacer exposiciones muy cortas –de pocos segundos– para evitar saturar la imagen, ya que la galaxia es muy brillante. Después, hay que sumar muchas imágenes y aplicar un buen procesado para enfocar solo el núcleo. Así aparece, de manera clara, esta pequeña línea, que no es ni más ni menos que un chorro de plasma de 6.500 años luz de longitud. ¡Impresionante, ¿no?
En definitiva, el jet de la M87 es perfectamente observable para los aficionados con un poco de equipo, paciencia y ganas. ¡Un reto muy gratificante!
Figura 4. Imagen del jet de la galaxia M87 fotografiado en el observatorio Anysllum (Xavier Bros y Jaume Zapata).
Ahora saltamos a un tema totalmente diferente y nos vamos a Marte, donde el reto consiste en observar sus dos lunas: Fobos y Deimos. Hay que decirlo desde el principio: observarlas visualmente es extremadamente difícil, quizás el reto más complicado de todos los que comentaremos hoy. Pero, aun así, lo hemos intentado.
Fobos tiene un diámetro de unos 22 kilómetros, y Deimos mide alrededor de 12 kilómetros. Son objetos realmente pequeños. Un astrofotógrafo con el pseudónimo Lukeyur consiguió una imagen impresionante usando un coronógrafo (ver Figura 5), que es un dispositivo que permite bloquear la luz de Marte para poder captar, aunque sea mínimamente, sus satélites.
Esta imagen nos sirve para entender el principal problema: el deslumbramiento de Marte dificulta enormemente la detección visual de Fobos y Deimos. Su brillo es muy bajo, mientras que el planeta, en cambio, brilla con intensidad, deslumbrando el ocular y eclipsando cualquier intento de ver las lunas.
Para poder observarlas visualmente, se necesitan varias condiciones muy exigentes: un telescopio bien colimado; una óptica limpia y sin dispersión de luz; un cielo con un seeing excelente, muy estable; que Marte esté en oposición, es decir, en el momento óptimo para su observación; y efemérides muy precisas, que permitan saber cuándo las lunas están en su máxima elongación angular, el punto en el que están más separadas visualmente del planeta.
Y hay una sexta condición, que quizás es la más importante de todas: hablar con alguien experto en observación visual. En mi caso, consulté a Emili Capella, quien me dio una estrategia muy interesante. Consistía en modificar el ocular tapando una parte con un trozo de esparadrapo, de manera que quedara oculta la zona de Marte y pudiéramos centrarnos en la otra mitad del campo visual, donde en ese momento se encontraban tanto Fobos como Deimos, ya que casualmente estaban en el mismo lado.
Con este sistema y después de mucha atención y esfuerzo, estoy bastante convencido (diría en un 90%) de que pude ver Deimos. En cambio, de Fobos solo tengo una certeza del 30%. Es decir, en términos prácticos podemos decir que logré ver Deimos, pero Fobos no.
Todo esto es una observación extremadamente difícil, pero también un reto sin precedentes, de esos que hacen afición y que llenan de satisfacción cuando parece que lo has conseguido.
Figura 5. Marte y sus lunas Fobos y Deimos fotografiados con un coronógrafo casero por Lukeyur.
¿Qué más? Pues observar el remanente de una explosión de rayos gamma, uno de los hitos más espectaculares –y difíciles– de la astronomía amateur.
Las explosiones de rayos gamma son los eventos más energéticos del universo. Emiten principalmente rayos gamma y rayos X, dos formas de radiación extremadamente peligrosas para la vida. Afortunadamente, nuestra atmósfera nos protege de estas emisiones. Esto hace que no puedan observarse desde la superficie terrestre, sino que hay que detectarlas mediante satélites especializados.
Cuando ocurre una de estas explosiones, hay un sistema de alerta global: los satélites que las detectan envían un aviso inmediato a un centro de coordinación llamado GCN (*Gamma-ray Coordinates Network*), que a su vez alerta rápidamente a telescopios profesionales y observadores de todo el mundo.
¿Por qué este despliegue? Porque, aunque el fenómeno principal ocurre en rayos gamma y rayos X (ya registrados por los satélites), la explosión también produce una débil emisión de luz visible. Esta luz es tenue, pero muy valiosa: nos permite determinar el *corrimiento al rojo* y, por tanto, la distancia del objeto. Esto es crucial, ya que en los primeros años no sabíamos si estas explosiones ocurrían dentro de nuestra galaxia o a miles de millones de años luz.
También se detecta una pequeña emisión en radio, motivo por el cual el GCN informa a diversos radiotelescopios.
Pues bien, en una ocasión tuve la suerte de detectar una visualmente. Es algo excepcional: solo una treintena de aficionados en todo el mundo lo han logrado hasta ahora. Y, de hecho, desde la península ibérica solo hay un caso documentado, el mío. Seguro que en el futuro habrá más observadores afortunados, pero por ahora, es un caso único.
La detección quedó registrada en la circular número 11875 del GCN, donde se detallaban las condiciones de observación, la posición astrométrica medida, la magnitud estimada (usando estrellas de referencia), las exposiciones empleadas, y se incluía también un enlace a la imagen. En la figura 6 se puede ver la imagen captada: el remanente de la explosión es el puntito marcado. La astrometría obtenida coincidía perfectamente con la medida hecha por varios observatorios profesionales.
Figura 6. Remanente de explosión de rayos gamma observado por Xavier Bros.
Bueno, ya estamos llegando al final, y quisiera hablaros brevemente de los cuásares en general.
Para los que tenemos cierta edad, los cuásares siempre han sido objetos fascinantes. Al principio, solo se observaban desde observatorios profesionales y parecían completamente fuera del alcance de los aficionados. Pero la realidad ha cambiado. Hay cuásares que se pueden observar con equipos modestos, como el **3C 273**, uno de los más conocidos y accesibles. Con un telescopio de 15 centímetros ya se puede ver visualmente, ya que tiene una magnitud alrededor de 13–14.
Pero lo más apasionante es que hay muchos cuásares observables. Estamos hablando de objetos que nos permiten mirar al pasado remoto del universo, a distancias absolutamente vertiginosas. Personalmente, he observado diecisiete, pero estoy seguro de que, con un poco de paciencia, se pueden llegar a ver una treintena de manera relativamente fácil.
Ahora bien, quiero destacar un caso especialmente interesante: el cuásar llamado **S5 0014+813**, situado en la constelación de Cefeo. Tiene una magnitud de 16.5, por lo que incluso sería observable visualmente con un telescopio suficientemente grande. Yo, de momento, no lo he intentado observar visualmente, pero sí he captado una imagen (figura 7), y realmente se ve brillante.
Este cuásar es un poco desconcertante e incluso ha generado cierto debate entre los astrónomos. Hay quien defiende que es el cuásar más potente, más brillante y más masivo que se conoce hasta ahora. Su luz ha viajado durante **12.500 millones de años** hasta llegar a nosotros, lo cual es espectacular. Y lo más sorprendente de todo: ¡podemos observarlo con un telescopio de aficionado!
Para hacernos una idea de su inmensidad: su luminosidad es unas **10.000 veces superior** a la de toda la Vía Láctea junta. Un auténtico monstruo cósmico, y a la vez un objetivo fascinante e inspirador para los observadores amateurs.
Figura 7. Cuásar S5 0014+813 fotografiado por Xavier Bros.
Otro reto muy interesante es captar el movimiento de un asteroide rápido, de esos que pasan cerca de la Tierra. Si disponemos de unas efemérides bien ajustadas y un buen telescopio, podemos ver cómo las estrellas permanecen fijas al fondo mientras un puntito se desplaza lentamente por el campo de visión. Lo he hecho un par de veces, y realmente es espectacular.
Incluso, en una de estas observaciones, vi cómo el objeto cambiaba de luminosidad. ¿Por qué pasa esto? Pues porque los asteroides tienen formas irregulares y giran sobre sí mismos. Esto es precisamente lo que estudian muchos aficionados: miden la curva de luz de los asteroides y, a partir de esta variación, pueden deducir su forma. Os aseguro que ver cómo se mueve y cambia de brillo es una experiencia muy interesante.
También podemos hablar de fenómenos igualmente fascinantes, como la ocultación de una estrella por un asteroide. Científicamente, se registra mediante cámaras de vídeo con inserción precisa del tiempo, lo que permite determinar con exactitud la forma y órbita del asteroide. Este es un tipo de investigación que llevan a cabo algunos miembros de nuestro grupo de observación.
Ahora bien, mirar directamente por el ocular y ver cómo una estrella desaparece durante unos segundos y luego vuelve a aparecer, porque un asteroide le ha pasado por delante, es un espectáculo visual muy impactante. Lo he podido ver en directo y es realmente emocionante. Por ejemplo, recuerdo la ocultación de Betelgeuse de hace poco: ver cómo la estrella desaparece y, de repente, vuelve a aparecer es uno de esos fenómenos que te hacen sonreír de admiración.
En cuanto a eclipses solares, no hace falta ni decirlo: un eclipse total visto desde la zona de totalidad es una experiencia casi mística. Ver cómo desaparece el Sol y aparecen la corona y la cromosfera es sencillamente espectacular. Es uno de los grandes eventos astronómicos que todo el mundo debería vivir al menos una vez en la vida.
También quería comentar brevemente un objeto muy especial: **Cygnus X-1**, el primer agujero negro que se descubrió. Evidentemente, el agujero negro no se puede ver, pero sí que se puede observar la estrella que lo orbita, que es bastante brillante. Con un telescopio de aficionado, esto se puede hacer perfectamente. Es un objeto muy peculiar. Recuerdo una imagen mostrada en una convención de observadores donde se veían las ondas de choque creadas por la emisión del agujero negro en una nebulosa cercana. Todo ello, bastante fascinante.
Seguro que muchos de vosotros podríais añadir aún más objetos inusuales a la lista de observación, porque la realidad es que nunca es "siempre lo mismo", como me dijo hace años un compañero de trabajo. Me dijo: "Ah, ¿eres aficionado a la astronomía? Sí, sí… Con los niños está bien, pero eso es muy aburrido, siempre es lo mismo". Y yo le dije: ¡No, no lo es en absoluto! Si haces investigación, disfrutas mucho. Si haces astrofotografía, disfrutas mucho. Si observas objetos inusuales, disfrutas mucho. ¡Y si lo haces todo… aún más!
Coloquio
No sé si alguna vez has intentado ver Sirio B, la pequeña estrella que acompaña a Sirio. Es muy brillante, y quizás habría que usar aquella técnica que has comentado de ocultar la luz de la estrella principal para poder ver la compañera…
No, yo aún no lo he intentado, pero os animo a hacerlo, porque es un ejercicio que ya han hecho muchos aficionados, y con éxito. De hecho, ahora mismo es un buen momento para probarlo. Cuando Sirio B está muy cerca de Sirio A, es prácticamente imposible verla, pero el año pasado, este año y el que viene están relativamente separadas, y por tanto, se puede intentar capturarla.
Visualmente se puede hacer tapando parte de la luz con algún dispositivo casero, como un pequeño coronógrafo "de andar por casa", o bien mediante imágenes. He visto por internet algunas fotografías espectaculares de Sirio y Sirio B, especialmente una hecha por un aficionado japonés que lo ha captado de manera increíble. Es un reto interesante y absolutamente recomendable.