Conferencia de la Astronómica de Sabadell. Josep Maria Solanes, 4 de febrero de 2026.
Comenzaré hablando de la paradoja de Fermi y de cómo se puede explicar. Como veremos, esta paradoja está directamente relacionada con una de las grandes preguntas de la ciencia: ¿estamos solos en el universo? O, dicho de otro modo, ¿por qué no tenemos todavía evidencias de vida más allá de la Tierra? Y cuando hablamos de vida, no nos referimos necesariamente a vida inteligente, sino a cualquier tipo de vida.
Veremos que, si nos limitamos únicamente a las ciencias naturales —y en particular a la astrofísica, que es el campo del que provengo—, solo podemos dar una parte de la respuesta. Para obtener una visión más completa, es necesario ampliar el foco e incorporar otros campos del conocimiento, como la psicología, la economía o la sociología, que comentaré hacia el final de la intervención.
Gran parte de lo que expondré está relacionado con la astrofísica, pero será necesario hablar también de otras disciplinas para ofrecer una respuesta más informada a esta cuestión. Entre medias, comentaré brevemente cuáles son los métodos científicos que utilizamos actualmente desde el planeta Tierra para buscar vida extraterrestre. Al final, compartiré unas reflexiones finales y un breve epílogo.
Comencemos con lo que se denomina el principio copernicano relativista, que deriva de la relatividad especial y que establece que las leyes de la naturaleza son las mismas en todo el universo. Si esto es cierto, la vida no debería ser una excepción: la vida forma parte de la naturaleza.
Este principio llevó a Enrico Fermi, premio Nobel de Física, a plantearse a mediados del siglo XX —de manera totalmente informal, según se dice durante una comida con colegas— la siguiente cuestión: si el universo es tan grande, tiene tantas estrellas y una edad tan considerable, ¿dónde está todo el mundo?
Hoy sabemos que el universo contiene aproximadamente 300.000 trillones de estrellas (hablamos de trillones en el sentido latino, es decir, 10¹⁸). El número total de planetas podría ser del orden de miles de trillones, muchos de ellos potencialmente habitables. La edad del universo, según el modelo actual del Big Bang, es de unos 14.000 millones de años, mientras que la Tierra tiene unos 4.600 millones. La vida en nuestro planeta apareció relativamente pronto, aproximadamente 1.000 millones de años después de su formación.
Si este proceso fuera general en todo el universo, la pregunta parece inevitable: ¿por qué no tenemos ninguna evidencia de vida extraterrestre, especialmente de vida inteligente? Este enigma es conocido como el gran silencio o la paradoja de Fermi. Evidentemente, hay quien afirma que ya estamos siendo visitados, pero hay que decir que estas afirmaciones no están demostradas científicamente.
Intentaremos dar respuesta a esta paradoja comenzando por explicaciones basadas en la astrofísica, pero incorporando también conceptos de biología, bioquímica y, muy brevemente, de paleontología.
Las posibles explicaciones de la paradoja de Fermi se pueden agrupar en tres grandes categorías: positivas, negativas y pragmáticas.
Las explicaciones positivas sugieren que, a pesar de la antigüedad del universo, nosotros somos una de las primeras especies en alcanzar un nivel evolutivo lo suficientemente avanzado como para empezar a plantearnos viajes interestelares. Esta visión encaja con la hipótesis de Gaia, propuesta por James Lovelock, según la cual la vida tiende a autorregularse y a mantener el equilibrio climático y geológico de un planeta. En este marco, la vida progresa siempre que se den las condiciones adecuadas.
Las explicaciones negativas, en cambio, proponen justo lo contrario: que somos una de las últimas especies en llegar a este nivel tecnológico, porque el propio progreso conduce inevitablemente a la autodestrucción. Aquí encontramos hipótesis como la de Medea o la del gran filtro, según las cuales la vida compleja tiende a colapsar antes de poder expandirse por el universo.
Finalmente, están las explicaciones pragmáticas, probablemente las más plausibles: los viajes interestelares —y aún más la colonización de otros sistemas— simplemente no son viables, ni siquiera para civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra.
Una de las primeras respuestas formales a la paradoja de Fermi fue la ecuación de Drake, formulada por Frank Drake, profesor en Cornell y mentor de Carl Sagan. Esta ecuación no pretende dar una respuesta definitiva, sino subrayar una idea clave: una cosa es que la vida sea posible en el universo, y otra muy distinta es que sea frecuente.
La ecuación de Drake es probablemente la segunda fórmula más famosa de la física después de E = mc². Aunque existen versiones más sofisticadas, la formulación original es muy clara y permite hacer estimaciones de orden de magnitud.
Sin entrar en todos los detalles, la ecuación incluye factores como el ritmo de formación de estrellas, la fracción de estrellas con planetas, el número de planetas potencialmente habitables, la probabilidad de que aparezca vida inteligente y, finalmente, la duración de las civilizaciones tecnológicas. Este último factor es especialmente crítico y, en los años sesenta —en plena Guerra Fría— se estimaba en unos 100 años, basándose únicamente en nuestra propia experiencia.
Si utilizamos valores moderadamente optimistas, la ecuación sugiere que podría haber del orden de diez civilizaciones tecnológicas en la Vía Láctea en un momento dado. Esto implica que, de media, habría una civilización por cada mil millones de estrellas, separadas por distancias del orden de 5.000 años luz.
Figura 1. El Sol y las estrellas cercanas en el brazo de Orión de la Vía Láctea
Si asumimos una duración mucho más larga de las civilizaciones —como proponía Carl Sagan, que llegaba a hablar de un millón de civilizaciones—, la distancia media se reduciría hasta unos 250 años luz. Aun así, incluso en este escenario optimista, las separaciones siguen siendo enormes.
Y aquí es donde volvemos al corazón de la paradoja: aunque haya muchas civilizaciones, las distancias y las limitaciones físicas pueden hacer que el contacto sea prácticamente imposible.
A partir de aquí, es necesario analizar con objetividad tanto los escenarios optimistas como los pesimistas, y eso es lo que haremos a continuación.
Dentro de estas hipótesis más pesimistas, como la de Medea o la del gran filtro, hay otra que es menos pesimista en el sentido de que no habla de autodestrucción, sino de la gran dificultad de que la vida compleja llegue a desarrollarse. Se trata de la hipótesis de la Tierra infrecuente, propuesta por Peter Ward y Donald Brownlee.
Figura 2. Peter Ward
Esta hipótesis, conocida en inglés como Rare Earth, no debe entenderse tanto en el sentido de “rara” como en el de infrecuente. Lo que defiende es que la aparición de sistemas multicelulares complejos —y aún más de vida inteligente— es extremadamente poco probable, porque requiere una combinación muy específica e improbable de condiciones astrofísicas y geológicas. En este caso, por tanto, el problema no es que las civilizaciones se autodestruyan, sino que casi nunca llegan a aparecer. Según esta visión, la ecuación de Drake sería demasiado optimista y simplificaría excesivamente el problema.
En lo que respecta a las condiciones astrofísicas necesarias para la vida compleja, una de las primeras es que la estrella anfitriona tenga una masa similar a la del Sol. Las estrellas muy masivas tienen vidas cortas, de modo que no disponen del tiempo necesario —miles de millones de años— para que la vida pueda desarrollarse, al menos según el único ejemplo que conocemos, la Tierra. Las estrellas pequeñas, en cambio, viven mucho más tiempo, pero suelen ser más inestables, con interiores convectivos y una elevada actividad que puede resultar perjudicial para la vida. Además, para que un planeta reciba suficiente energía debe estar muy cerca de estas estrellas, lo que a menudo provoca acoplamiento gravitatorio (tidal locking): una cara del planeta queda permanentemente orientada hacia la estrella, mientras que la otra permanece siempre en la oscuridad.
Todo ello apunta a que las estrellas más adecuadas son las de tipo solar, con cierta riqueza en metales —en el lenguaje astrofísico, cualquier elemento más pesado que el helio. De hecho, en astronomía solemos decir, medio en broma, que solo existen tres tipos de elementos: hidrógeno, helio y metales. El hidrógeno y el helio representan aproximadamente el 98 % de la materia, mientras que el resto corresponde a los elementos más pesados, imprescindibles para formar planetas rocosos como la Tierra.
Otro factor clave, que reforzó la idea de la Tierra infrecuente, es que nuestro planeta tiene una Luna inusualmente grande en relación con su tamaño. Si observamos otros planetas terrestres, como Mercurio o Marte, vemos que no tienen satélites o solo tienen satélites muy pequeños. Antes de que Plutón dejara de considerarse planeta, el sistema Plutón-Caronte era el que presentaba una mayor relación de masas entre planeta y satélite; el segundo era el sistema Tierra-Luna.
Esta Luna grande desempeña un papel fundamental, porque estabiliza la inclinación del eje de rotación de la Tierra. Sin la Luna, este eje podría oscilar caóticamente entre 0 y 90 grados bajo la influencia gravitatoria del Sol y de Júpiter. En cambio, gracias a la Luna, la inclinación se mantiene relativamente estable en torno a los 23 grados, lo que favorece un clima moderado y estable a lo largo del tiempo.
La Luna también genera mareas, tanto en los océanos como en la corteza terrestre. Estas mareas contribuyen a la tectónica de placas y a la regulación del clima, especialmente mediante el ciclo del dióxido de carbono en la atmósfera. Además, en el momento de la formación del sistema Tierra-Luna, el planeta adquirió un núcleo de hierro inusualmente masivo, responsable del campo magnético terrestre. Este campo crea la magnetosfera, que protege la superficie del planeta del viento solar desviando las partículas cargadas.
Durante un tiempo se pensó que este conjunto de factores —y en particular la existencia de una Luna grande— era lo que hacía a la Tierra tan excepcional. Sin embargo, estudios más recientes sugieren que no es tan improbable que un planeta interior acabe teniendo un satélite de grandes dimensiones. Esto hace pensar que, probablemente, la infrecuencia de la vida compleja no depende tanto de este factor concreto.
Según estas hipótesis pesimistas, si realmente las civilizaciones son extremadamente raras, entonces en nuestra galaxia solo conoceríamos una: la nuestra. En este caso, la búsqueda de vida inteligente ya no debería hacerse a escala galáctica, sino intergaláctica. Y aquí las distancias se vuelven enormes: no hablamos de miles o decenas de miles de años luz, sino de millones de años luz, como la distancia que nos separa de la galaxia de Andrómeda, una galaxia vecina de dimensiones similares a la Vía Láctea.
En la imagen que os muestro aparece Andrómeda, que ocupa unos tres grados en el cielo. Normalmente no la vemos porque la luz del cielo nocturno la oculta casi por completo; solo en lugares muy oscuros se puede distinguir ligeramente su núcleo.
Figura 3. Galaxia de Andrómeda comparada con el tamaño de la Luna
Como resumen de esta primera parte de la charla, parece que la explicación más plausible es pragmática: sí, hay muchas estrellas, pero precisamente eso es parte del problema. Cuando te planteas un viaje interestelar, no puedes ir “al azar” a ver qué encuentras. Tienes que saber adónde vas y por qué vas. Las enormes distancias entre estrellas y la falta de información hacen que estos viajes sean extremadamente difíciles, incluso para civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra.
Desde nuestro punto de vista —y recordando siempre que solo tenemos un ejemplo de vida inteligente—, la viabilidad de los viajes interestelares queda muy cuestionada. Se pueden imaginar soluciones como naves multigeneracionales, en las que varias generaciones vivirían y morirían durante el viaje, pero esto requiere naves enormes y un gasto energético colosal, además del hecho de que no hay retorno posible. La animación suspendida plantea problemas similares.
La opción más sensata parece ser no enviar humanos, sino sondas automatizadas, especialmente microsondas que consuman poca energía. Estas pueden proporcionar información valiosa, pero inevitablemente mucho más limitada que la que obtendríamos con presencia humana directa.
También existen ideas mucho más especulativas, como el uso de agujeros de gusano —conexiones hipotéticas entre agujeros negros y blancos— o la manipulación del espacio-tiempo, como el motor de Alcubierre, que propone contraer el espacio delante de la nave y expandirlo detrás. Todo esto, sin embargo, es puramente teórico. Los cálculos indican que serían necesarias cantidades de energía descomunales, del orden de 10⁴⁴ julios, una energía comparable a la que el Sol emitirá a lo largo de toda su vida.
Con esto cerramos esta primera parte, centrada sobre todo en la astrofísica. A continuación, hablaremos de los métodos actuales de búsqueda de vida extraterrestre: qué podemos hacer hoy, con la tecnología de la que disponemos, para intentar responder a esta gran pregunta.
El primer método para buscar vida extraterrestre es, de hecho, el más directo: explorar los cuerpos del Sistema Solar. Y eso ya lo hemos hecho. Los seres humanos hemos llegado a la Luna y actualmente se plantean misiones tripuladas a Marte, aunque estas todavía presentan grandes dificultades. Solo el trayecto hasta Marte requiere aproximadamente seis meses de viaje, con un gasto enorme de combustible y recursos. A medida que nos alejamos de la Tierra, enviar seres humanos se vuelve cada vez más complicado.
Aunque es el método que idealmente preferiríamos, su eficacia es limitada. Hace más de 50 años que exploramos el espacio cercano, desde las misiones Apolo —con el primer alunizaje tripulado— hasta la actualidad, y los resultados, en lo que respecta a la detección de vida, han sido modestos.
La alternativa ha sido el uso de sondas espaciales. Hemos enviado sondas a la Luna, a Marte y a otros planetas, así como a los confines del Sistema Solar. Las sondas Voyager, por ejemplo, ya han atravesado la heliopausa y se encuentran fuera de la influencia directa del viento solar. También hemos estudiado planetas, satélites, cometas y asteroides, e incluso hemos conseguido aterrizar sobre algunos de estos cuerpos.
En varios casos —como ya se intuía a partir de observaciones realizadas desde la Tierra— hemos descubierto condiciones potencialmente favorables para la actividad biológica. Pensemos, por ejemplo, en la atmósfera de Venus, en el interior de satélites de Júpiter como Europa o Ganímedes, o en la superficie de Titán, que tiene una atmósfera rica en compuestos orgánicos y que podría asemejarse a la atmósfera primitiva de la Tierra.
A pesar de todo, en ninguno de estos casos hemos encontrado ningún rastro inequívoco de vida. Ni siquiera en Marte, que desde siempre ha sido el principal candidato: es relativamente cercano, se encuentra dentro de la zona habitable del Sol y conserva una atmósfera tenue. Sabemos que Marte tuvo agua líquida en la superficie hace unos 3.500 millones de años, como lo muestran estructuras que recuerdan claramente a antiguos ríos y afluentes. Si estas estructuras estuvieran en la Tierra, no dudaríamos en identificarlas como sistemas fluviales. Sin embargo, a pesar de la evidencia de agua —un ingrediente clave para la vida tal como la conocemos—, no hemos encontrado ni vida actual ni fósiles que indiquen vida pasada, ni siquiera unicelular.
Figura 4. Evidencia de agua en Marte
Otra estrategia consiste en no desplazarnos físicamente, ni nosotros ni las sondas, sino en utilizar señales electromagnéticas, que requieren mucha menos energía. Esta es la base de los proyectos de búsqueda de señales artificiales procedentes del espacio.
Una primera manera de hacerlo es de forma pasiva, mediante programas como SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence). Estos proyectos analizan el cielo en busca de señales que no puedan explicarse por procesos naturales. El proyecto SETI original, impulsado entre otros por Carl Sagan, funcionó durante años con distintas fases de financiación. Sin embargo, nunca se ha detectado ninguna señal inequívocamente artificial.
También se puede adoptar una estrategia activa, enviando nosotros mismos señales al espacio con la esperanza de que alguna civilización las detecte y responda. El caso más conocido es el mensaje de Arecibo, enviado en 1974 con el radiotelescopio del mismo nombre. Se trataba de una señal potente, de unos 1 megavatio, emitida durante unos tres minutos, que codificaba información básica mediante un mensaje binario: los números del 1 al 10, algunos elementos químicos fundamentales, la estructura del ADN, la figura humana, la población mundial de la época, el Sistema Solar con la Tierra destacada y el propio radiotelescopio emisor.
Este mensaje no pretendía tanto establecer una comunicación real como demostrar que era posible crear una señal claramente artificial, basada en números primos, que difícilmente podría confundirse con un fenómeno natural. El problema es que se envió hacia un cúmulo estelar situado a unos 22.000 años luz de la Tierra, de modo que, si alguien lo recibiera y respondiera inmediatamente, todavía tardaríamos decenas de miles de años en saberlo.
De hecho, ni siquiera es necesario enviar señales de forma deliberada. Durante aproximadamente 60 años, la Tierra ha sido una fuente importante de emisiones de radio debido al desarrollo de la radio, la televisión y el radar. Esto ha creado una burbuja de radio de unos 100 años luz de radio, que engloba cerca de 60.000 estrellas. Aunque estas señales son mucho más débiles que la de Arecibo, una civilización con instrumentos suficientemente sensibles podría detectar que se trata de emisiones artificiales.
Ahora bien, tanto en la estrategia pasiva como en la activa, el problema es el mismo: ¿dónde apuntar? Enviar o buscar señales hacia una estrella concreta es poco eficiente; a menudo se prefiere observar cúmulos estelares densos, aunque estos se encuentran muy lejos.
Probablemente, el método más razonable —y el que realmente ha revolucionado el campo en las últimas décadas— es la detección y el estudio de exoplanetas, es decir, planetas fuera del Sistema Solar. La primera detección confirmada data de 1992, alrededor de un púlsar, un objeto que difícilmente puede albergar vida. Pero en 1995 se descubrió el primer planeta orbitando una estrella similar al Sol y, desde entonces, el número de exoplanetas conocidos no ha dejado de crecer de forma espectacular.
Sin embargo, todavía estamos muy lejos de los miles de trillones de planetas que se estima que existen en el universo. Además, la mayoría de los exoplanetas no pueden observarse directamente, porque la estrella central es mucho más brillante que el planeta. Solo en casos muy especiales —como el primer planeta observado directamente en 2005, muy masivo, muy alejado de su estrella y orbitando una estrella muy débil— ha sido posible hacerlo.
Por ello, la detección de exoplanetas se realiza principalmente de forma indirecta. De los distintos métodos existentes, el más exitoso hasta ahora es el método de los tránsitos, utilizado por la misión Kepler. Este método consiste en medir la pequeña disminución de brillo de una estrella cuando un planeta pasa por delante de ella. Disponemos de detectores lo suficientemente precisos como para captar variaciones minúsculas en el flujo de fotones que nos llega.
Este método requiere una geometría favorable: la órbita del planeta debe estar alineada con nuestra línea de visión, algo que solo ocurre aproximadamente en uno de cada 200 sistemas. Aun así, como observamos miles de estrellas al mismo tiempo, el método es muy eficiente.
Además, tiene una ventaja adicional: si el planeta tiene atmósfera, parte de la luz de la estrella es absorbida por esta atmósfera durante el tránsito. Analizando el espectro de la luz, podemos detectar la presencia de moléculas como agua, oxígeno u ozono, algunas de las cuales pueden estar relacionadas con procesos biológicos.
Esto que hemos explicado está muy ligado también a misiones como ARIEL, que está actualmente planificada por la ESA. Si no recuerdo mal, ARIEL es una misión de la Agencia Espacial Europea pensada específicamente para estudiar atmósferas planetarias utilizando el método de los tránsitos. Por tanto, encaja perfectamente con todo lo que hemos comentado hasta ahora.
En la figura siguiente (figura 5) se muestra el catálogo actual de exoplanetas conocidos, representados en función de su masa y de su período orbital. Cada punto corresponde a un planeta distinto, y los distintos colores indican el método mediante el cual ha sido detectado. Como puede verse, la gran mayoría se ha descubierto mediante el método de los tránsitos y el de la velocidad radial.
Figura 5. Catálogo de exoplanetas conocidos
Actualmente ya contamos con alrededor de 8.000 exoplanetas confirmados desde 1995. Como podéis ver, especialmente en los últimos 10 o 15 años, el número ha crecido muy rápidamente. Esto se debe principalmente a la misión Kepler, que ha sido claramente la más exitosa en la detección de exoplanetas. Kepler no proporcionaba exoplanetas confirmados directamente, sino candidatos, y en su momento de máxima actividad llegaba a generar hasta 4.000 candidatos por año.
Estos son datos muy recientes, actualizados a fecha 26 de enero, no son datos antiguos. De estos casi 8.000 exoplanetas, más de 1.000 corresponden a sistemas planetarios múltiples, es decir, sistemas con más de un planeta orbitando la misma estrella. En principio, parece razonable pensar que la mayoría de los sistemas deberían ser así; es extraño imaginar una estrella con un solo planeta. Lo que ocurre es que es difícil detectarlos todos, y normalmente solo detectamos el planeta más masivo o el más fácil de observar.
Figura 6. Exoplanetas descubiertos por distancia a la Tierra
Esta es una visión simulada del campo observacional de Kepler. Kepler observaba un campo muy concentrado del cielo. Un parsec corresponde aproximadamente a 3,3 años luz, así que multiplicando por 3,3 obtenéis la distancia en años luz. En este campo, las estrellas observadas se encontraban aproximadamente entre 300–330 años luz en el límite más cercano y hasta unos 3.500–3.600 años luz en el más lejano. Todo estaba concentrado en una región angular relativamente pequeña, simplemente por razones de diseño de la misión, no porque fuera necesario hacerlo así.
Extrapolando los datos, parece que entre un 10 y un 20 % de las estrellas de tipo solar tendrían al menos un planeta de tamaño terrestre situado en condiciones adecuadas. Evidentemente, no basta con que el planeta tenga un tamaño similar al de la Tierra; también debe estar a la distancia correcta de su estrella para que reciba suficiente energía como para permitir el desarrollo de vida.
Con todos estos datos, no solo de Kepler sino también de otras misiones, se ha elaborado un catálogo en el que se asigna a cada planeta un índice de similitud con la Tierra. Las imágenes que a menudo se asocian no son reales, son recreaciones artísticas, pero el catálogo sí es correcto. Este índice es muy sencillo: toma valores entre 0 y 1, donde 1 correspondería a la Tierra. Esto no significa que un planeta con índice 1 tenga vida asegurada, sino que es similar a la Tierra en ciertos parámetros físicos. Por ejemplo, Marte tendría un índice de unos 0,64, mientras que los planetas más parecidos a la Tierra alcanzan valores de unos 0,95.
Dependiendo de cuán laxo sea el criterio que adoptemos, se puede estimar que, entre los casi 8.000 exoplanetas conocidos, habría del orden de una sesentena que serían candidatos especialmente interesantes para ser observados con más detalle, ya que potencialmente podrían albergar vida.
Esta gráfica la he construido yo mismo a partir de los datos de la Enciclopedia de Exoplanetas (figura 7). En el eje horizontal tenemos la distancia de la estrella a la Tierra. La línea vertical verde indica lo que he llamado el radio de Drake, es decir, la separación típica entre civilizaciones tecnológicas que estimábamos con la ecuación de Drake. La línea discontinua azul marca la masa máxima de los planetas que podrían ser adecuados para la vida tal como la conocemos.
Figura 7. Masa de los planetas según su distancia a la estrella
Estos planetas, a menudo llamados super-Tierras, tendrían hasta unas 2–2,5 masas terrestres. Por encima de ese valor, es muy probable que el planeta esté dominado por hidrógeno y helio, ya que los elementos pesados son relativamente poco abundantes. Esto hace que estos planetas no tengan una superficie sólida adecuada.
Por tanto, los planetas que realmente nos interesan son los que se encuentran por debajo de la línea azul y, además, dentro de la región próxima definida por el radio de Drake. Como podéis ver, todavía hay muy pocos, y esto indica que nuestra búsqueda está fuertemente limitada a nuestro entorno próximo. Por tanto, la probabilidad de detectar vida sigue siendo baja.
Aun así, confirmar la existencia de exoplanetas con un índice de similitud terrestre elevado y relativamente próximos parece que no debería tardar mucho. Ya disponemos de candidatos como Kepler-452b, por ejemplo. Otra cuestión distinta es detectar señales de vida inteligente, que continúa siendo mucho más improbable, ya que el volumen del universo que estamos observando sigue siendo muy pequeño.
Con esto cerramos la parte de astrofísica. Continuamos dentro de las ciencias naturales, pero pasamos ahora sobre todo a la biología, donde también hay mucha información. Intentaré no extenderme demasiado.
La idea fundamental es que la vida no aparece espontáneamente, sino que se genera a partir de materia inerte mediante procesos naturales: esto es lo que llamamos biogénesis. Aquí tenemos los diferentes escalones del proceso y la escala temporal asociada. A la derecha está la parte química, con la síntesis orgánica, y más adelante, una vez aparecen los seres vivos celulares, entra en juego la evolución darwiniana.
En esta columna se muestran los lugares donde se pueden encontrar los elementos necesarios: meteoritos, asteroides, discos protoplanetarios, nubes moleculares, etc. Todavía hay algunos puntos con interrogantes, porque no tenemos una explicación definitiva de cómo se da el salto entre la materia prebiótica y moléculas muy complejas como las proteínas o el ADN. El interrogante más grande es cómo se pasa de estos componentes esenciales a la primera célula viva.
Una vez aparecen los organismos unicelulares, con núcleo o sin él, el paso hacia los organismos multicelulares y, eventualmente, hacia seres inteligentes, es un proceso de evolución darwiniana que, en principio, entendemos bastante bien.
Aquí se muestran los tres grandes dominios de la vida: bacterias, arqueas y eucariotas. Nosotros nos encontramos dentro de los eucariotas, y el asterisco indica el Homo sapiens. Esto visualiza que todos los organismos de la Tierra proceden de un ancestro común y que la diversificación es fruto de la adaptación al medio.
Figura 8. El árbol de la vida
Hay que evitar una visión antropocéntrica fuerte, según la cual el Homo sapiens sería la culminación inevitable de la evolución. Esta idea es tentadora, pero incorrecta. Tal como explica Yuval Noah Harari en el libro Sapiens, el hecho de que hoy solo sobreviva una especie del género Homo hace que nos parezca que somos únicos. Pero hace solo 100.000 años coexistían hasta seis especies diferentes de humanos en la Tierra.
De hecho, nuestro genoma aún conserva restos de ese pasado: las poblaciones asiáticas actuales tienen ADN neandertal, y en el caso de los melanesios, entre un 4 y un 6 % del genoma proviene de los denisovanos. Esto muestra que no somos tan excepcionales como a menudo pensamos.
Finalmente, una idea clave es que la vida es extraordinariamente resiliente. En la Tierra se desarrolla en condiciones físicas y químicas que serían extremas para nuestra especie. Por ejemplo, el krill, un pequeño crustáceo de las regiones polares, ha sido durante mucho tiempo el tipo biológico más abundante del planeta. O los gusanos gigantes de los fondos oceánicos, que viven en las fisuras entre placas tectónicas, bajo presiones enormes y temperaturas elevadas.
La temperatura en estos entornos es muy elevada porque de esas fisuras del fondo oceánico sale, literalmente, agua casi hirviendo, calentada por el calor interno de la Tierra. Son zonas hidrotermales muy activas.
Los organismos que viven allí son seres multicelulares, no unicelulares. Son relativamente simples, todo sea dicho, especialmente en el caso de los giant tube worms, pero aun así son organismos bastante elaborados, con diferentes tipos de células y funciones diferenciadas, capaces de soportar condiciones extremas.
De hecho, y permitidme la simplificación —sé que no es del todo correcto decirlo así porque la evolución no tiende necesariamente hacia la complejidad—, pero cuanto más compleja es una especie, como por ejemplo los mamíferos, más delicada es a la hora de sobrevivir en condiciones extremas. En cambio, vemos que no hace falta ir solo a los seres unicelulares para encontrar organismos muy resistentes: también los hay multicelulares.
Otra reflexión muy importante es que, para que la vida prospere, hace falta equilibrio. Sin un ecosistema equilibrado, la vida no funciona. Si tenemos un sistema formado por depredadores y herbívoros pero no hay equilibrio, los depredadores acaban comiéndose a todos los herbívoros y, finalmente, también acaban desapareciendo. Por tanto, debe existir un equilibrio para que el ecosistema sea sostenible.
Esto está muy de actualidad hoy en día con la crisis climática: si rompemos ese equilibrio, colapsa el ecosistema y, con él, la vida tal como la conocemos.
Otra cosa que hay que tener muy presente es que todas las especies tienen fecha de caducidad. De hecho, el 99 % de todas las especies que han existido nunca se han extinguido. En el caso de los mamíferos, la clase a la que pertenecemos nosotros, la esperanza de vida media de una especie es de alrededor de un millón de años, aunque hay algunas que han llegado a los 10 millones de años.
El Homo sapiens tiene aproximadamente 300.000 años de existencia, por tanto todavía estamos dentro de esa media. Pero no podemos esperar que nuestra especie sea eterna, que una vez aparecida no desaparezca nunca de la Tierra.
Las extinciones, además, a menudo vienen provocadas por grandes catástrofes globales que no tienen una relación directa con el comportamiento de los seres vivos, pero que acaban produciendo cambios evolutivos radicales. Nosotros estamos aquí precisamente gracias a un evento catastrófico: la caída de un asteroide en Yucatán hace unos 65 millones de años, que contribuyó decisivamente a la extinción de los dinosaurios.
En aquel momento, los mamíferos eran pequeños y vivían mayoritariamente bajo tierra. Gracias a la desaparición de los dinosaurios, pudieron salir de esos escondites y, a lo largo de millones de años, evolucionar hasta que apareció un mamífero que hoy llamamos Homo sapiens. Por tanto, también somos producto de una extinción masiva.
Aquí tenéis las cinco grandes extinciones de la historia de la Tierra. Y añado una nota ecológica final: todo indica que actualmente estamos contribuyendo a provocar una sexta extinción global, relacionada con la actividad humana y el cambio climático.
No me entretendré mucho porque no queda mucho tiempo, pero aquí tenéis de dónde podéis descargar estos datos. Se trata del registro de CO₂ atmosférico, que proviene de la agencia meteorológica de Estados Unidos. Muestra la evolución de la concentración de CO₂ desde 1979 hasta la actualidad.
Esto es lo que a menudo sale en los informativos del tiempo: la concentración de CO₂, comparada con el año anterior o con hace diez años, y siempre es más alta. El aumento está claramente vinculado a la actividad humana, y negarlo es no haberse mirado bien los datos.
Aquí veis cómo evoluciona la curva. Estas pequeñas oscilaciones corresponden a los ciclos estacionales entre el hemisferio norte y el hemisferio sur. Hay más datos en el hemisferio norte porque hay más población y más puntos de medida.
Si ampliamos la escala temporal, vemos datos estimados de hace 200.000 años hasta la actualidad. Y aquí se ve claramente que el pico final no encaja con ninguna oscilación natural anterior: es un pico totalmente artificial, que coincide con el inicio de la industrialización, cuando se empieza a utilizar masivamente el carbón y otros combustibles fósiles hace dos o tres siglos.
Por tanto, el impacto humano es innegable.
Termino la nota ecológica con un apunte más positivo: también estamos contribuyendo, aunque no compense los efectos negativos, a la creación de nuevas especies. Un caso paradigmático es el maíz, que ha pasado de ser una planta pequeña y poco productiva a la actual mediante selección y manipulación genética.
Aquí tenéis ejemplos de animales creados o modificados por el ser humano, como el beefalo, un cruce pensado para producir más carne, o un ratón con pelaje de mamut, obtenido a partir de ADN de especies extinguidas. No entraremos en temas de dinosaurios o androides, pero es evidente que también estamos generando nuevas formas de vida.
En cuanto a la morfología, hay ciertos rasgos comunes que esperaríamos encontrar en seres vivos de otros planetas. Por ejemplo, si tienen que moverse por el aire, probablemente necesitarán algún tipo de ala, como ocurre en la Tierra con insectos, aves o murciélagos. Esto responde a leyes físicas: son soluciones eficientes a problemas como el desplazamiento o la alimentación.
Ahora bien, en la Tierra también vemos que, aparte de las leyes físicas, químicas y biológicas, juega un papel importante el azar, como las catástrofes cósmicas. Esto genera una diversificación morfológica que no es predecible.
Por tanto, en la vida compleja hay elementos que conducen a una convergencia evolutiva, pero también otros que llevan a una divergencia. Todo esto debería hacernos evitar otro sesgo: el sesgo antropomórfico proyectivo, es decir, pensar que la vida inteligente tiene que parecerse a nosotros: dos brazos, dos piernas, una cabeza muy grande, ojos grandes, etc.
De hecho, un organismo así sería poco práctico: con el centro de masas tan elevado, caería de cabeza fácilmente. Además, ojos muy grandes sugerirían entornos oscuros, porque a plena luz quedarían deslumbrados.
Ni siquiera su bioquímica tendría que ser como la nuestra. No necesariamente tendría que estar basada en el carbono ni utilizar agua como disolvente. Podría estar basada en silicio, o utilizar otros disolventes como el amoníaco, en entornos de temperaturas muy bajas.
Esta imagen es de Star Trek (figura 9) y representa un organismo vivo formado por una combinación de elementos sintéticos y biológicos.
Figura 9. Posible civilización avanzada aprovechando toda la energía de su estrella
¿Qué prerrequisitos esperaríamos en una civilización avanzada, aunque no compartiera nuestra morfología ni nuestra química?
Probablemente harían falta estructuras para manipular objetos, algún tipo de pensamiento simbólico, es decir, transmisión no genética de información: cultura. Esto implicaría algún tipo de lenguaje, no necesariamente como el nuestro, quizá basado en señales electromagnéticas.
Y sobre todo, haría falta comunicación flexible y masiva entre individuos. Esto es lo que nos ha permitido avanzar como especie: no trabajamos de manera individual, sino colectiva. Paradójicamente, la sociedad actual tiende a premiar el éxito individual y fomentar relaciones impersonales, deshaciendo uno de los elementos clave de nuestro éxito evolutivo.
En esta gráfica (figura 10), de Hans Moravec, se muestra la progresión de las capacidades de las máquinas comparadas con las de seres vivos. Según estas estimaciones, hacia 2030 las máquinas podrían alcanzar capacidades comparables a las de un mamífero como un chimpancé.
Figura 10. Evolución de las máquinas y de la vida
Con las correcciones posteriores y el desarrollo de la inteligencia artificial, todo indica que no tardaremos mucho en ser superados en muchos aspectos por sistemas que hoy todavía llamamos máquinas o inteligencias artificiales.
Y esto es un punto clave a tener en cuenta.
El desarrollo tecnológico acelera de manera dramática la evolución de las sociedades inteligentes. Tecnología y evolución se retroalimentan, generando una dinámica exponencial que favorece la aparición de estructuras sociales complejas. Los individuos no evolucionan de manera aislada: forman parte de una sociedad que los sostiene.
Este punto es esencial, porque el progreso científico requiere una condición fundamental: tiempo libre. Si una sociedad tiene que dedicar todos sus esfuerzos a la mera supervivencia —obtener alimento, protegerse, curarse—, no puede dedicar recursos intelectuales a la ciencia fundamental. Es razonable pensar que figuras como Einstein no habrían desarrollado la teoría de la relatividad sin una estructura social que les permitiera dedicar tiempo a la investigación, delegando otras funciones básicas en la comunidad.
No todas las personas utilizan el ocio para hacer ciencia, evidentemente, pero el hecho de que una parte de la sociedad pueda hacerlo es lo que permite el avance colectivo. Este mecanismo es probablemente universal y no exclusivo de la humanidad.
Esto nos lleva directamente a la cuestión de la vida inteligente fuera de la Tierra. Dada la edad del universo, no sería nada extraño que existieran civilizaciones tecnológicamente avanzadas con niveles de inteligencia muy superiores a los nuestros.
Esta posibilidad abre interrogantes profundos, especialmente en el ámbito de la ética.
Actualmente solo conocemos la ética humana, e incluso dentro de esta hay una gran diversidad de visiones. Por un lado, el relativismo moral sostiene que lo que es correcto o incorrecto depende de la cultura y que no existen normas morales universales. Por otro, el objetivismo moral defiende que existen criterios universales del bien y del mal que deberían ser compartidos por cualquier civilización inteligente.
Dentro de esta visión objetivista, hay dos grandes corrientes:
- Deontología: la moralidad de un acto depende del acto en sí mismo, independientemente de sus consecuencias. Hay deberes morales que deben cumplirse siempre.
- Utilitarismo: la moralidad de un acto se mide por sus consecuencias, buscando el máximo beneficio para el mayor número de individuos, aunque esto implique sacrificar minorías.
Estas diferencias no son triviales y tienen implicaciones directas si imaginamos una posible ética extraterrestre: ¿a cuál de estos esquemas se parecería?
Un aspecto a menudo olvidado es el económico —entendido en un sentido amplio como coste energético y de recursos. Incluso si una civilización superara todos los obstáculos tecnológicos, fisiológicos y logísticos, la colonización o exploración interestelar difícilmente sería rentable.
Los escenarios populares de la ciencia ficción, como los de Star Trek, implican desplazamientos constantes de naves y tripulaciones con un coste enorme, a menudo solo con finalidades observacionales. Esto plantea una pregunta clave: ¿quién asume ese coste y con qué retorno?
Además, el comercio o el intercambio cultural interestelar exige niveles de desarrollo relativamente homogéneos, algo incompatible con los efectos de la dilatación temporal relativista en viajes a velocidades cercanas a la de la luz.
Otra posibilidad es la llamada autocensura: civilizaciones que, ante el agotamiento de recursos de su planeta, se ven obligadas a migrar. Sin embargo, el traslado masivo de individuos es extremadamente costoso y requiere un esfuerzo político, social y energético colosal, así como una explotación intensiva de los últimos recursos disponibles.
Este escenario hace pensar que muchas civilizaciones podrían extinguirse antes de alcanzar una expansión interestelar significativa.
Aquí aparece una visión más pesimista: la hipótesis del bosque oscuro, formulada por el novelista chino Liu Cixin. Según esta idea, las civilizaciones avanzadas tienden a esconderse o, si detectan otra civilización, a destruirla preventivamente para garantizar su propia supervivencia.
Esto conduce a la pregunta fundamental: ¿es prudente intentar establecer contacto con civilizaciones extraterrestres potencialmente más avanzadas? ¿Cómo nos percibirían? ¿Como una amenaza? ¿Como un elemento a preservar? ¿O como un obstáculo?
Si se confirmara la existencia de vida extraterrestre, ¿cuál sería su estado evolutivo? Sabemos que ha habido tiempo suficiente para que aparezcan civilizaciones muy avanzadas. Además, no tienen por qué ser antropomórficas ni necesariamente capaces de comunicarse con nosotros.
Quizá el simple hecho de saber que no estamos solos nos haría más humildes. Pero también hay que evitar que las mismas actitudes que nos han permitido triunfar como especie acaben siendo la causa de nuestra autodestrucción. En este sentido, el factor temporal de la ecuación de Drake —del orden de 100 años— no parece una aproximación absurda si no cambiamos nuestra trayectoria.
Coloquio
Una vez aparecida la vida, ¿las posibilidades evolutivas son infinitas? ¿Esto hace inevitable que aparezcan civilizaciones?
La ecuación de Drake —en sus múltiples variantes, algunas muy sofisticadas— es una herramienta orientativa. Aunque pasemos de miles a millones de civilizaciones tecnológicamente avanzadas, esto no cambia el hecho de que el contacto sea difícil: por distancia, por desinterés o porque no quieren ser detectadas.
¿Podría existir vida no basada en el carbono?
El carbono es especialmente adecuado para generar estructuras moleculares complejas, pero no es la única posibilidad. El silicio, por ejemplo, es muy abundante y tiene propiedades parecidas. Además, hace falta un disolvente —como el agua— que facilite las reacciones químicas. Aunque se exploran alternativas, actualmente la investigación se centra en lo que sabemos que funciona.
Si se descubriera una civilización extraterrestre, ¿se haría público?
Probablemente sí. Sería extremadamente difícil de ocultar y, desde el punto de vista científico, no hay ningún incentivo para ocultarlo. Lo más plausible sería una confirmación indirecta: bioindicadores, señales artificiales o patrones imposibles de explicar por procesos naturales. El verdadero impacto llegaría si descubriéramos que están relativamente cerca o que intentan comunicarse activamente. Aun así, es posible que, a largo plazo, la humanidad lo asimile e incluso salga reforzada.